Gabriela Mistral por Gamaliel Churata (1957)
GABRIELA MISTRAL, BOLIVIANA
Bien pueda que el titular con que se toca esta notícula produzca impresión desagradable, insólita, por lo menos, a más de un lector: pues si hay algo chilenísimo en Chile, más, inclusive que Alonso de Ercilla, es Lucila Godoy; como chilenísimo es Pablo de Rokha, chilenísimo Pablo Neruda, y chilenísima Gabriela Mistral. Pero, es el caso que en alguna no poco estridente entrevista la poetisa, dijo, algo así como esto:
-Yo vengo también de allá (Bolivia) en cierto modo; pues por mi abuela... Etcétera.
Y es que la Musa de
Elqui en esa entrevista hizo algo más que decir eso: dijo que ella sentíase
tesitura indígena; sentía una América con raíces aborígenes, y que su espíritu
se reclamaba de succiones procedentes del viejo solar de los orejones cuzqueños.
La madre de Gabriela Mistral, según refieren eruditos en mistralogía, era una
mujer alta, hermosísima, de tez morena, mas de una capacidad mutal aterradora,
pues separaba los labios parece que solo cada Navidad. Era mujer de vida
interior profunda y tierna, y todas sus manifestaciones volitivas estaban
regidas por sentimientos plenos de bondad y nobleza. ¿Tenía alma de india? ¿Una
princesa ñhokho, tal vez, que miraba en silencio perdido su imperio y desechas
sus libertades? La madre de Gabriela apellidaba ALKAYAGA. Y no hay que ser muy
filologistas para darse cuenta que ese apelativo por lo menos tiene un pronunciado
olor lupaka, esto es, aymara. De ahí que cuando se le hablara de valores
raciales de su poesía dijera eso: Yo soy también un poco de allá, de Bolivia…
Por
lo demás la cosa merece dilucidarse y es tarea esa digna de nuestros eruditos,
ya chilenos, ya bolivianos.
Nacida
en La Serena, por su padre criolla, Gabriela Mistral descubre una naturaleza
mental casi inexplicable. En primer lugar, ella, los poetas que se conocen por
los Pablos, esto es Neruda y de Rokha, persiguen, no por snobismo literario,
hacerse de nombres eufónicos, o miméticos; no pocos admiradores de Lucila Alkayaga
la creyeron en cierto momento hija de Federico Mistral a quien Gabriela
admiraba en lo que vale el genial autor de Calendal. El poeta que firma Pablo
de Rokha (su nombre de pila se me escurre) ya no solo buscaba un remoquete de
guerra, buscará bautizo inkásiko, pues lleva el de Rokho, en prenda lealtad al
fuerte guerrero que lo hizo famoso antes de la Conquista de los gerifaltes.
Gabriela
Mistral es regida por una radical no pesarosa; amarga y profunda, como una raíz.
Será poco menos que imposible encontrar en lenguas hispanas, y entre mujeres,
nada parecido; pues en ella hay una concentración dantesca de amargura que no
puede en lo menor estimarse episódica; es una amargura vertebral y hasta ósea.
Esa madre suya, hermosa, y silente, mutal, como un champi aborigen, que
desplegaba los labios en rarísimas oportunidades, está diciéndonos que cuando
Gabriela Mistral revelaba cómo ella era, también, de allá (Bolivia), estaba
dando cauce a una personalidad que yacía en ella en estado no latente sino de
inhibición. Al revisar sus libros hoy tenemos que darnos cuenta de esta verdad que
hasta hoy era para nosotros mera sospecha: que en la sangre y la médula poética
de la gran de poetisa chilena habló un espíritu más americano que en la mayoría
sino en la totalidad de sus escritores y poetas de Chile.
He
aquí que ya cernida esa obra por el deseo explicable de encontrar las radicales
de la personalidad que la animó, tenemos que decirnos si esta Gabriela Mistral,
por más que domina el instrumento verbal hispánico con la soltura y vitalidad
de los mejores hispanos, y no lo es, ¿qué es? ¿Es un poco de acá, de Bolivia?
EL
HOMBRE DE LA CALLE
[Gamaliel
Churata]
La
Nación, La Paz, 15 de enero de 1957.
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