Teoría de la muerte. De un libro inédito que recoge apuntes en Facebook (2009-2019)

 


(Centro Arte Alameda, 2018)

 

Nuevamente se cortó la luz. Por tal no se pudo hacer la charla y recital con la Universidad de Antioquia en Medellín. Aunque ya nadie hace estas cosas. Yo imaginaba que alguien me preguntaba qué es el hombre, qué somos los seres humanos. Mi respuesta era esto: un conjunto de límites. En efecto, donde hay un límite, un borde, un vértigo es cuando lo humano reacciona, se hace visible y enunciable. Se atreve a hablar de sí mismo y de ponerse en situación de otro. Donde hay un límite hay algo interesante para pensar, pues probablemente solo podamos pensar los límites de los objetos, las experiencias, lo real y en ese sentido el principal límite es el lenguaje que nombra todo lo anterior. Desde esa frontera podemos observar la otra mitad de la existencia, la que ocurre sin palabras, sin metáforas ni siquiera signos. La vida nuda, muda. El silencio probablemente sea el límite del lenguaje y frente a frente ambos conforman la separación entre el mundo y el universo. Es más, habría hechos mundanos que no lo son porque sean vulgares o inmorales sino justamente porque al entrar en la zona del lenguaje adquieren una trama y una trama es siempre moral puesto que las buenas causas debiesen producir buenos efectos y sabemos que no es así. En cambio, la experiencia universal sería aquella en la que no hay lenguaje, no hay idioma, no hay lengua. La imagen del silencioso labrador, el campesino de sol a sol perdido en la inmensidad de un campo en contraste con la agricultura como el saber que enuncia y lo integra al mundo. La misma poesía nace como una experiencia límite entre la vida y la muerte, entre quien puede hablar y quien ya no, entre quien accede a unas palabras finales ante el silencio doloroso del duelo. La poesía es un ejercicio fúnebre porque toda su genealogía consiste, en efecto, en esas líneas donde las palabras y las cosas se miran de frente sabiendo de la imposibilidad de su intercambio, la necesidad de la interpretación. Las palabras son cosas, sí, pero cosas en el lenguaje y el lenguaje también es una cosa como lo son todos los sustantivos, pero sabemos que no, no es la cosa de lo que estamos hablando. Ningún poema sobre el mar será más hermoso que el mar. Ningún poema sobre la Coca Cola será más hermosa que la botella de Nicanor con una carta dentro que es imposible leer, imposible e innecesario. Todo lo que sea un límite implora una reflexión, convoca a un pensamiento no en la comodidad neutra de lo que no está marcado sino en la necesidad de emprender ese viaje bordeando esa misma frontera. Adentro y afuera como el viejo lobo de la manada, aportando y poniendo en crisis, escribiendo y callando de vez en cuando. Un conjunto de límites somos incluso entre lo humano y lo que no lo es. Ese ínfimo borde entre ángel y bestia, entre máquina y mono, entre Dios y macho cabrío. Si reflexionamos sobre nuestras propias vidas, sobre lo que hemos leído, vivido o llegado a recordar hasta ahora son solamente las experiencias donde existe el límite, donde lo que podemos o lo que sabemos se detiene, se suspende, se ve obligado a replantearse. ¿Cuáles son los límites del poder? Efectivamente hasta donde nosotros mismos construimos y replicamos esos límites, ese perímetro de lo que somos que va desde la identidad hasta el capitalismo que no es otra cosa que la separación de los límites entre quien produce y quien consume. El capital se encargará de que quien siembra y cosecha tenga que comprar sus verduras en el supermercado. De que lo que nosotros hacemos como fuerza productiva reditúe a muchos otros menos a nosotros mismos. La tarea es pensar en todas esas fronteras, esos bordes, esos espacios y tiempos de encuentro donde no hay encuentro. Se nos ha hecho creer que pensamos en positivo y yuxtaposición pero solo leemos vértigos y precipicios. La noche, esta propia oscuridad, es la suma de todos los límites y es allí cuando el ser humano vuelve a la caverna llena de signos o decide salir de ella y mirar en silencio las estrellas que caen hacia otros vacíos. Platón tenía razón. Hay que expulsar del lenguaje a los poetas.

 

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Con algunos amiguitos estamos estudiando las formas de vida no humanas y su relación con la literatura, la escritura, la poesía. La cuestión del ser vegetal es tan impresionante que de verdad siento que las nuevas luchas deben avanzar hacia espacios justamente no humanos. Allí todo nos une porque somos más que un cuerpo. Nuestra especie está muy sobrevalorada y llevamos miles de años de contundente demostración que lo que primero que haremos será matarnos entre nosotros mismos. Las redes son una guerra en nombre de la paz. Una barbarie en nombre de la razón. Por el contrario, las plantas nos enseñan a compartir un pedazo de tierra, a concentrar nuestros esfuerzos en aras de la luz, a crear redes de información subterránea y sobre todo a saber cuándo transformarnos en vida para otras vidas.

 

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Siempre me ha interesado lo no humano, de hecho, es el espacio donde me siento más cómodo desde siempre. En la poesía incansablemente batallé contra esa escritura del yo y sus circunstancias. Pequeñas historias de un tipo o una tipa que actúa, piensa y escribe los sentimientos de su cuerpo y que anuncia en verso a los cuatro vientos los grandes descubrimientos obvios de la sociedad en donde todos vivimos. Esa poesía de la contemplación propia y del entorno siempre me pareció banal por lo mismo, por lo falseado de su humanidad, lo formateado de su decir, lo egoísta de su mirada. En cambio, las y los poetas que me interesan son todo lo contrario a eso. Cuando uno los lee lo que menos hay allí es la mentira de su verdad, habla a través de ellos lo no humano del lenguaje. Por ejemplo, hace veinte años hice mi tesis de licenciatura sobre la obra de Carmen Berenguer en donde lo que habla, gruñe, susurra sin parar en cada uno de sus libros es lo animal. Bobby Sands es un pájaro en una jaula que muere de inanición, en Huellas de siglo (1986) desfilan moluscos, moscas, perros, cuervos, gusanos hasta ese gran poema que es “Lengua osa verba” y luego Sayal de pieles (1993). También me convoca la escritura de Soledad Fariña por algo parecido. Desde El primer libro (1985) que es un diálogo mineral, hablan las arcillas, la tierra y sus colores, el barro, las piedras hasta En amarillo oscuro (1994). O Narciso y los árboles (2001) es una biopoética vegetal en sí misma. Varios de estos libros me tocó presentarlos, escribir sobre ellos y siempre me hicieron sentir que eran lenguajes, hablas, moléculas y esporas contra una idea de idioma humano de la poesía. Para qué decir lo de Cecilia Vicuña que es probablemente la poética más actual desde hace sesenta años. Hay en YouTube un video precioso de ella muchacha recitando y cantando sobre basura, plásticos, reciclaje, polución, cosmovisión indígena con Nemesio Antúnez para el programa Ojo con el arte. Lo cual habla de lo visionaria de su obra y mal de la humanidad que lleva más de medio siglo de descomposición consciente de la naturaleza del mundo. Su obra es la prueba y el testimonio de eso.

 

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Conozco a Carmen Berenguer desde hace más de veinte años y soy uno de sus más hinchapelotas lectores. Me sumo esta vez por la sencilla razón de que en estas cosas todos siempre perdemos algo. Perdemos amigos, confianzas, serenidad, credibilidad. Sea como sea, Carmen en su obra extraña, anómala, fracturada y monumental le dio cuerpo a la metáfora del gran zoológico humano que somos. Cuerpos, carne y también espíritu que leyó como nadie en Santiago desde la Plaza Italia. Las ciudades tienen espíritu y el género de la crónica es el testimonio de esa fe. Ella y su compinche Pedro son puro devenir animal porque es el modo en que se recorren las ciudades y se ve justamente lo que no es ya humano en ellas. La escritura de Carmen rehúye de todo lo que se parezca al mundo porque la idea es crear un lenguaje que lo sea. No le va la representación ni la exigencia de presente del capitalismo. Ella escribe del pelo tal como Foucault quiso escribir su Historia de la sexualidad: negando sus propias negaciones, tal como escribe sobre su madre recuperando textos perdidos que son su propia historia siempre yendo y volviendo. Carmen me escribe correos diciéndome que desaparecieron correos y ese gesto es una inconsciente muestra de los logros de esta obra única. Como el pelo, como su madre, como los animales, como las ciudades, como las casas, como los amigos, como todo: aparece y desaparece, aparece y desaparece. Todo va y viene, todo retorna y se vuelve a ir. Esa es quizá la máxima máxima de la poesía. Su único mérito es recordarnos que ya nos fuimos pero que seguimos aquí cinco minutos más.

 

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El arte, la literatura, la poesía nos ponen justamente en ese lugar de un otro, ya sea del que escribió lo que estamos leyendo, o lo que le sucede a quienes están escritos ahí. Dejar de ser uno mismo por un rato es saludable. Pensar un par de horas como lo haría quien creo está en mis antípodas. Descreer de lo que creemos ser, ya sea nuestra sexualidad, nuestra ideología, nuestra raza, nuestro lugar en una pirámide de cabeza. El presente se amplía ampliando lo que somos y esa es una forma de vencer el miedo.

 

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Esta posiblemente sea mi única y última convicción de todas las que tuve y que dejé atrás. El mundo no es malo, lo malo es el capitalismo. El mundo no está en crisis, lo está el capitalismo. Si todo sale bien lo que se acabará es el capitalismo no el mundo. Las redes sociales son un arma de guerra para que olvidemos esto y no paremos de odiarnos. Para que desistamos de la idea ancestral de un mundo mejor. El pueblo ama al pueblo. Los pueblos de América se aman. Son los ricos y los poderosos los que quieren confundirnos y que no nos amemos. El mundo es hermoso como cada una de las formas vivas allí dentro. Las de afuera probablemente sean más hermosas. El mundo está cooptado y la misión es recuperarlo. ¿Para qué? Para morir serenamente porque esa es la señal de que todo lo que quede también así morirá.

 

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No me gusta que se mueran los/as poetas. No me gusta que sus dedicatorias sean las infinitas palabras que se quedan con uno. Aunque estén llenas de amor y luz. Es un mundo donde la poesía muere. La poesía no debe morir. Nos vimos por última vez con Minerva Margarita Villareal en Chihuahua. El año anterior en Zacatecas donde me regaló el libro Dios. El poema de 600 páginas de Víctor Hugo. En el suyo escribió con su bella sonrisa. “A ti que escribes libros grandes y grandes libros”. Hoy me entero de su muerte. Es triste y me impacta. Quedó pendiente la visita a su querido Monterrey. Será en una nueva vida. Una con más libros. Escritos por otra humanidad.

 

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Me entero que ha muerto José Miguel Oviedo. Reconocido crítico peruano. Me gusta este tipo de intelectuales raros. Escriben libros sin género. Dentro de los más oficiales enarbolan obras visionarias como Estos Trece. Hace años que tengo su Cuaderno imaginario. Suma de notas y apuntes. Escritos que como él mismo señala deambulan por todos los géneros. Un diario de una vida imaginaria. Algo hermoso. Este libro me dio luz. Lo agradezco. Qué el viaje sea también imaginario.

 

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Año 2008 en Lima. Oswaldo Reynoso me regaló el tomo II de su obra reunida. El libro y un beso ciertamente. En el Walok. Fue una jornada inolvidable. El tomo I se había agotado hace tiempo. En este último viaje lo pude encontrar. Son más de 800 páginas. Cubren textos de 1948 al 2005. Su importancia literaria. Su imaginario homosexual. Engrandece lo político. Humaniza el deseo. Le da un barrio y un color de piel. Una clase social y una belleza que le había sido negada. Su obra comienza a reeditarse en Alfaguara. Nuevos pero no necesariamente buenos lectores. Fuguet es uno de esos apasionados lectores. Ha sabido ver lo que hay ahí de más allá de la literatura. Reynoso se puede leer paralelo a Vargas Llosa. Diagonal a Donoso. La contraparte oscura y callejera. Las palabras de su dedicatoria son entrañables y cómplices. Como la muerte. Como el amor.

 

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Luego de tantos años en esto de la poesía, los libros y los recuerdos se acumulan y a veces se quedan en rincones que uno vuelve a descubrir como si fueran la primera vez. Una de las cosas que me emociona, en el mejor y peor sentido de la palabra, es la cantidad de libros dedicados de poetas amigos que ya murieron. Estos últimos años ha muerto demasiada gente relacionada al arte, y de entre ellos muchos escritores. Aún recuerdo ese desayuno en Santo Domingo con Eduardo Chirinos. Nos habíamos escrito mucho tiempo correos electrónicos y por fin nos conocíamos en persona. Llevé mi ejemplar de Cuadernos de Horacio Morell y él llevó uno de [coma]. Fue un hermoso ritual. Sobrio y cariñoso.

 

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Hace un par de semanas en Barcelona fue el lanzamiento de la edición definitiva de Cementerio General del gran Tulio Mora. Poeta generoso, amigo, intachable. Luego en el bar con Bruno Montané y Ana María Chagra seguimos celebrando su libro y su vida. Ahí me enteré de su estado de salud y sin duda fue nuestra despedida. Tulio me recibió en su casa en Lima hace diez años exactamente, me dio libros valiosos, conversamos mucho y su recuerdo es el de un hombre bueno que es lo más alto donde puede quedar nuestra memoria. Hasta pronto, poeta. Tu poesía y obra está en buenas manos. Tus amigos te adoran y honran. Todo estará bien.

 

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Todas las obras acabadas. 700 páginas de una poesía que no se parece a nadie. Ioshua escribió contra todo. Dibujó y fue prostituto. Drogadicto y DJ. Figura del under argentino. El más radical y terrible. El más tierno y lúcido. Su temprana muerte nos dejó hablando solos. Nos leímos y admiramos. Nos peleamos y odiamos. Cumplo un rito al celebrarlo ya sin él. Un poeta de verdad como pocos. Un artista. Su trágica vida se resume en el final del prólogo. Lo escribió no mucho antes de morir: “Hacer del dolor una obra de arte. Del adiós, una bienvenida. Del rechazo, un abrazo. De la pobreza, una política. Y del amar, un don”.

 

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Floridor Pérez fue un hombre bueno. Qué más se le puede pedir a un ser humano. Una vez le dije que me gustaría registrar una larga conversación con él como testigo de un sinfín de acontecimientos literarios que él vio, leyó o supo. No se pudo. Estuve en el taller de la Fundación Neruda el año 2005. Yo estaba armando el [coma] y no les gustó ni a él ni a Jaime porque era en prosa y no tenían títulos los poemas. Eso es un detalle. Cuando vinieron de Perú Walter Curonisy y Elvira Roca Rey querían conocer a Floridor. Cenamos en el Ají Seco y él mismo no entendía porque estos dos peruanos locos y bellos lo tenían en tan alta estima. Luego nos topamos en encuentros en el sur y en Lima un par de veces. Como taller viajamos a La Serena y Montegrande donde lo escuchábamos contarnos historias a la hora del almuerzo como hacen quienes ya han vivido tres vidas y aún tienen ganas de una cuarta. Floridor siempre me preguntaba cómo estaba. Con una preocupación de abuelo sureño. Ni cariñoso ni por obligación. Siempre sentí que me tenía un poco de miedo. Quizá muy vanguardista y exaltado. Todo lo opuesto a él. Eso es otro detalle que no importa. Me embarga una tristeza extraña cuando muere un poeta. Uno menos en donde la poesía como la humanidad de la humanidad no debe morir. Hay una foto donde estamos en el Venecia a fines de ese 2005. Le pregunté si se la podía tomar y me dijo que sí, pero que no le robara el alma. Exista o no, con ese nombre u otro, transmigre o se vaya directo a la gravedad del sol, lo que sea que ahora es Floridor o lo que ya no es, está en un tránsito en donde ser algo es lo menos importante. Un salud en su honor como le gustaba brindar por sus amigos poetas que le adelantaron camino. A un poeta, sea el que sea, siempre hay que agradecerle por lo hecho. Escribir poemas en este mundo sin poemas es digno de que uno baje la mirada y como ahora pueda pensar en él y dar las gracias.

 

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Como me pasaba con Nicanor, Ernesto Cardenal es un poeta que a sus 94 años no quiero se muera nunca. La última vez que lo vi fue en la FIL Guadalajara el 2012. Lo saludé y le di las gracias por su tierra nueva y su cielo nuevo pues todas las revoluciones son celestes. Su Cántico cósmico para mí es donde literalmente la poesía alcanza las estrellas. Me emociona que él pueda ver la edición final de su poesía completa de más de 1200 páginas. Más aun si estuvo a cargo la gran María Ángeles Pérez López. Poetas como Cardenal, en este momento de lo que pasa en Latinoamérica, son fundamentales y mucho más que eso. Babelia reproduce un extenso y hermoso poema inédito que es una mirada hacia el cosmos donde todo lo que nos sobrepasa tiene que ver con cada una de las vidas cotidianas en nuestro planeta. Nunca el universo nos pareció tan cercano porque al final se trata de todo lo que une a los átomos y las galaxias, a los seres vivos con cada una de sus utopías. Dice el poeta: “El mundo un accidente que debía suceder”, pero es nuestra labor que ese accidente sea hermoso, libre y justo.

 

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La Antología de poesía primitiva se publicó en 1979, diez años antes que el Cántico Cósmico, y de algún modo es su contraparte. Su libro, literalmente, hermano. Todo lo alto y lejos que vuela Ernesto Cardenal desde el Big Bang y la teoría cuántica no es otra cosa que la cosmovisión de los pueblos ancestrales dicha en nuestra lengua. La palabra poética es el nombre que le damos al pulso de la sangre y a los últimos destellos del sol en el mar. A los ríos que cantan en medio de la noche y al fuego donde calentamos las manos antes de que comiencen los cantos. En estas 170 páginas está también el Universo, la semilla, la voz. 

 

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Como especie no hemos hecho otra cosa que soñar día tras día con ese universo paralelo y las cavernas como los libros y los celulares están llenos de él. Todo lo que no somos nosotros es universo paralelo y si lo escribimos fue solo para que siga siendo paralelo y no nosotros. La escritura es la simulación que nos aleja de la verdad nos correteó Sócrates en las rabietas de Platón. Estoy en efecto pensando en la historia de la literatura que no es otra cosa que la materialización de un universo paralelo aquí, creado por y para nosotros con alguna finalidad que parecemos desconocer hasta hoy.

 

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Los universos paralelos no serían mundos superpuestos y simétricos como alcanzamos a imaginar sino que simulaciones dentro de otras simulaciones dentro de otras simulaciones casi infinitamente. Nosotros mismos con la escritura, en especial la literatura, también crearíamos simulaciones que son universos paralelos a este. Y ante obras en que los personajes también escriban y creen otras simulaciones podríamos experimentar ese vértigo de que esto es parte de una cadena que no se detiene y que en cierto sentido es parte de un Todo dentro de sí mismo. Ficción sería sinónimo de simulación y sí, el poeta sería un pequeño dios.

 

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Se construye una Babel para luego dejar que se destruya por la entropía. Una torre que es la casa de Dios hasta el Universo. Una vida concreta y las palabras que esa vida no pudo olvidar. La escritura siempre estuvo más cerca de su fin que de su comienzo. Embarcarse en un proyecto final del tamaño del Cosmos es la síntesis de un último atardecer en la Tierra. Un cuaderno y un lápiz. Miles de páginas que finalmente son una sola.

 

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Los malos escritores, o los que no pueden ver más allá, se autoconvencen que la poesía o la novela son lenguaje, pero baste recordar que la literatura no nace con la escritura sino con la noción de autor. Entonces, y de manera diametralmente paradójica, el fin de la literatura no ocurrirá con el fin de las palabras, las hablas o la letra, vistas en peligro en su momento por la globalización, el neoliberalismo o el internet sino que ocurrirá cuando se hagan explotar las autorías, cuando se dinamite su dictadura, cuando ese último lector de una obra pueda despedazar lo que de escritura había ahí. Ya no hay poemas, no hay libros, no hay más obra que la obra no escrita sino imaginada por un autor que también desaparece en su propio gesto, en su propia renuncia, en su propia abolición.

 

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Se ha repetido tanto que el arte es político que nos olvidamos que el neoliberalismo y la fe son también una política. Lo que de verdad se hace urgente es hacerle preguntas a la literatura y no seguir esperando sus respuestas. Llevo años insistiendo en leer el campo cultural como un campo económico y sabemos hoy que la economía es una guerra. El capitalismo no es un mero control sobre las personas sino un contrato que uno establece con él. De allí que casi nadie pueda confrontarlo directamente porque todos somos parte. La idea es estar en posiciones estratégicas e intentar exhibir la letra chica de dicho contrato. Esto no se enfrenta como una lucha sino como una negociación. El poder del dinero es conocer todos los lenguajes y en ese punto de lo común es donde se puede crear una tensión. Una tensión en el intercambio que es lo une a lo monetario con lo lingüístico. Internet es un punto medio entre ellos. No estamos amordazados sino que decimos lo que ellos quieren que digamos. Leía un artículo donde se hablaba de “proletariado digital”, es decir, quienes hacen un uso básico de la red, principalmente de entretención. Reitero, son los lenguajes y de entre ellos el de la literatura el que nos concierne. Si creemos que se trata solo de autores y obras es que somos parte del problema. Debemos leer el canon, la academia, la literatura como tal en términos de flujos de poder principalmente económicos que es el paradigma que nos rige actualmente como antes lo fue la historia, la religión o el mito. Todo lo que pueda leerse desde una contraeconomía es un punto de conexión de algo mayor que puede permitir y visibilizar un nuevo contrato social. Por eso digo que no se trata de una lucha sino de una negociación y al verlo así no somos tan insignificantes ante la maquinaria total. Es menos heroico tal vez o menos bonito tener que ganar por puntos en vez del nocaut pero esto se trata no de buenos y malos sino de más o menos empantanados en su sistema. El imperialismo no es una guerra como se cree sino pura entretención en la sociedad de consumo. Películas, series, estrellas, música e información chatarra. Dentro del campo cultural está nuestro lugar de enunciación y no problematizarlo con preguntas por lo menos nos pone en el mismo lado de la corrupción, el silencio, la complicidad. El budismo sugiere que vivimos una ilusión, una simulación, los velos de Maia. Toda su filosofía no es para acabar con ella sino para estar allí consciente de que la vida es una negociación entre lo que no permanece y lo que permanecerá. Esto es exactamente lo mismo.

 

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Hoy es Vesak, el día en que Buda nace, se ilumina y muere, que son lo mismo. Es una efeméride que la otra mitad del mundo celebra y que de algún modo acá también vibra. Hoy me llegó a casa Toda culpa es un misterio. Es emocionante desde el prólogo hasta el punto final. La Mistral se siente en su interior más budista que cristiana y de algún modo el eje de todas sus búsquedas es la espiritualidad, es decir, lo que une a todos/as con el Todo desde una sala de clases como el propio planeta. El libro es literalmente trascendental y dan ganas de leerlo entre varios para comentar las enseñanzas que hay allí desde el propio título. Hoy es una noche de una gran luna, de estrellas que nos saludan, de semillas que germinan dentro de nosotros.

 

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Los libros no cambian la vida: es uno mismo, las personas que te rodean, las experiencias, la vida misma en sus aberraciones y su fulgor. Lo que hay de emocionante en los libros no es más que lo que a uno le faltó. La idea es que la vida sea más hermosa que cualquiera de esas páginas y uno cambiarlas a ellas, darles la vida que no tienen. Resucitarlos y ser contemporáneo, hermano, amante, aunque sea por unas horas de quien lo escribió.

 

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Necesidad de crear y destruir a la vez. Crear poemas y destruir la poesía. Esa paradoja. Toda paradoja es siempre inspiración porque te recuerda que todo es un intermedio y que los límites son tan móviles que hasta pueden no existir. Uno se inspira en su propia vida en libros como estos, pero es siempre una vida pública que es la obra en que todos somos parte del collage mayor que es el mundo. Lo cotidiano y sublime que hay en él. Sus aciertos y aberraciones. El día, la noche, el amor, la violencia, la humanidad tal como lo puede ser una poética determinada en un campo cultural determinado. Solo lo que desaparecerá es eterno e importante para seres vivos que también desaparecerán. Todo esto se trata de conciencia que es lo que antecede a una poética y es lo que sucede a un campo cultural. No tan solo se trata de pensar la escritura como la vida sino de poder hacerse y hacerle preguntas a lo que te rodea.

 

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Salí a dar un paseo recién por esta noche capitalina que comienza. Santiago de invierno es lenta y la neblina que se confunde con el smog le da una sensación de desenfoque. Una fotografía a color mal tomada. El frío hace que los movimientos sean raros y espasmódicos. Camino por la ciudad y me da un algo de inquietud. No es miedo pero es una cierta desconfianza. Como si de alguna manera ya no perteneciera aquí y los signos se transformaran al mirarlos. Además, te das cuenta que la ciudad es pequeña porque te encuentras con mucha gente. Me hallan distinto. Que hablo distinto. Soy otro del que me fui. Caminaba de vuelta y alguien gritó mi nombre dos veces. No quise voltear. Yo no era yo.

 

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No hace mucho llegué y ya me estoy yendo. Todo lo que no se pudo siempre te acompaña, lo que no se vivió se hace real cada vez que se toca la línea imaginaria de la felicidad. Todo lo que amaste y ya no, pasa a convertirse en tu vida. Se huye de uno mismo, se huye del fantasma que es uno consigo mismo, se huye de las ruinas de sí. Hace frío y tengo pena. No, no es pena, es una profunda nostalgia. Creo que comenzará a llover. Es bueno saber que alguien te espera de regreso. Aunque nunca regreses, o regreses tú mismo siendo el invierno que eres. Los que se van nunca llegaron. Los reencuentros sirven para dormir una noche más en este mundo. En este mundo hoy hace frío. Es mi corazón.

 

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La primera vez que salí de Chile fue a Buenos Aires el año 2003. Desde allí hasta ahora cálculo que he volado un centenar de veces tanto en Chile como afuera. Esto exclusivamente por la poesía. Sin embargo, el vuelo de hoy ha sido único. Nunca antes había visto la noche estrellada como esta. Todas las estrellas parecían delante de la Vía Láctea, tan láctea como aquellas manchas del semen de Ganímedes en el cielo negro. Me emocionó muchísimo y poco a poco empezó a aparecer Santiago, mi casa, hasta que en un momento el cielo y la tierra eran dos mitades luminosas exactas. Los aeropuertos son el resumen del mundo en sus miedos y deseos, en su belleza y desigualdad. No había viajado antes en clase ejecutiva y la injusticia del cielo está marcada por tu número de asiento que uno usa esta vez sin haberlo pedido. Gente sola, niños, parejas con bolsos, de la mano, que se abrazan al llegar a destino, sonríen, son felices. Viajar es la síntesis de la vida, de la vida de la vida. Desde el Big Bang pasando por Odiseo y el Quijote hasta los hombres solos que deambulaban por la ciudad a esta hora. Ya desde el taxi vi que un árbol se quemaba en una plaza y un pack de cerveza estaba tirado en medio de la calle. Nadie regresa a su casa. La casa es la muerte. Viajar es morirse un poco cada vez. Llega un punto en que ya nada es lo mismo porque todo es lo mismo.

 

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Uno cuando llega y recorre una ciudad imagina de algún modo que es una biblioteca después del Big Bang y lo que se hace es ir librería por librería buscando algo que se desconoce. Uno tiene en la mente los nombres de algunos autores preferidos, pero siempre hay un porcentaje oscuro que aparecerá y será un recuerdo desde el futuro. Pillé en la mañana la quizá mejor novela beat que se haya escrito. Una chica en la carretera de Jan Kerouac, hija de Jack. Sus aventuras son más sórdidas que la de su padre y sus desventuras más trágicas. Llevo no muchas páginas y leyendo las solapas sabemos que estamos ante uno de los más rotundos fracasos de la paternidad y una de las más poderosas excusas para escribir. Lo beat me fascina sobre todo por su no ficción, es decir, diarios, apuntes y cartas. Vivieron para que todo sea parte de una leyenda literaria, pero esta chica a los 30 años recién pudo escribir para no morir en el más aterrador silencio. Viaja a lugares que Jack no fue y sobrepasó los límites de su padre. Intensa, bella, triste esta historia. La del libro y la de ella.

 

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Ayer pillé el libro de la hija de Kerouac; hoy en la maravillosa Librería Pynchon & Co di con el del hijo de Burroughs. No deja de sorprenderme la sincronía y el hecho de pensar en los daños colaterales de la literatura. De hecho, algo parecido me espera con Los nombres propios que dejó sin piso a mi madre al leer las primeras páginas. En el caso de los libros de Jan y Billy Jr. se trata de algo así como de la no literatura de los hijos de la literatura. El hecho de que los hijos padezcan los horrores que sus padres escribieron, o peor aun, ser ellos ese horror. 

 

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A los trece años mi padre se fue de casa. Yo tuvo que pedírselo. En ese momento se acabó mi infancia. Me convertí en un padre no para mi madre o mi hermana que estaba por nacer sino en un padre para mí. Pero me convertí en un padre severo, muy severo conmigo mismo. Nunca antes había pensado cuánta me falta me hizo un padre en todo eso. No sé cómo relacionarme con las personas sino es desde ese padre que soy. Un padre que crea algo y luego lo destruye sin saber por qué. Un padre que se odia. Un padre que quería seguir siendo un niño y no pudo.

 

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Ayer pillé una edición de la Carta al padre de Kafka. Pienso en la poesía como un modo de no estar solos, pero es imposible. Las luces se encienden. Alguien quizá piense en mí a lo lejos y yo en él. No se sabe. Escribo notas, apuntes, algo parecido a una carta. Extrañar, extrañarse de algo que no se sabe y sí. ¿Qué es estar solo? ¿Esto?

 

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He pensado mucho estos días en mis fallecidos abuelos paternos. Mi abuelo Carlos, oriundo de Parral y mi abuela Ángela, nacida en Tacna. La humanidad se lo ha preguntado y justamente eso la hace humanidad: ¿los muertos desaparecen para siempre o nos acompañan? Yo creo que desaparecemos en el cosmos hasta la siguiente reencarnación, pero en otro mundo, en otras condiciones, otra forma. Dudo que estén cerca de nosotros o que nos esperen en el más allá. Cuando el mundo se cae a pedazos aparece un instinto de que no todo caiga, algo más grande debe de haber. Una vez Stella me dijo que los muertos pasan a vivir dentro de uno, literalmente en nuestro corazón, y por eso debe ser un lugar bello, limpio, luminoso. Ese es el único paraíso. No creo que la literatura tenga otro tema que la muerte. Escribe quien morirá y se lee para no morir todavía. Mis abuelos me quisieron mucho. A mí me daban un poco de miedo. Hoy que ninguno de los dos está en este mundo no puedo dejar de pensar que recordarlos es recordar un tiempo también muerto. No mueren las personas quizá, muere el tiempo que vivimos con ellos y esa ausencia es más grande que la de un cuerpo. Y peor aun es el tiempo que no vivimos con las personas que queremos, estando ellas vivas. Creo en un amor que no creo, pero por el que sé que hay que dar la pelea.

 

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Solo cuando se duda se si está viviendo la realidad o se está soñando uno puede escribir, pero sobre todo, describir con tanto ahínco los detalles, las acciones, lo que otros dijeron o hicieron, lo que uno dijo o hizo. También puede escribir así el resucitado. No se trata del pánico a no estar aquí sino todo lo contrario. La propia idea del viaje es estar siempre fuera de los contornos que se es y en esa ley universal de las distancias es que el propio mundo, países y ciudades, amigos o desconocidos, gente que se ama o se odia, aparecen como si estuviesen despidiéndose, como si todo fuera una última vez. Así se leen al menos en los diarios que alguien escribe con un tanto de ingenuidad y de genio literario, de manera un tanto loca pero también locuaz. Aeropuertos, autobuses, trenes, carreteras y hoteles protagonizan los paisajes mentales de ese que escribe como si los no lugares fueran su más cómodo y feliz hábitat. No lugares, no poemas, no hogares. Nada que permanezca inmutable ante la velocidad de los acontecimientos empujados por la poesía, hacia ella o contra sí. Bitácora como la vitalidad de un corazón que finalmente es lo que pareciera buscar en todos los kilómetros recorridos por tierra, cielo y mar.

 

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Qué es un cuaderno sino el espíritu de un libro. Un cuaderno como el cuerpo vivo de la muerte de la literatura. Un cuaderno que habla más que quien escribe ahí, que oye, que palpa la mano que lo roza. La caída de la torre de Babel solo puede escribirse en miles de cuadernos como las fotografías de una catástrofe luminosa que le da al tiempo el carácter de destino. Cuadernos hechos de huesos, de piel, de tripas secadas al sol del sol en medio del Universo. El cadáver de los bosques imaginarios, la ceniza del aire que se respiró. Una casa, un idioma. Eso es un cuaderno. Una eternidad que debe incendiarse. Aprendimos a escribir en cuadernos y en cuadernos escribiremos las últimas palabras, las últimas frases, las últimas letras de esa lengua que regresa al punto donde no hay origen, donde no hay primera fricción.

 

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La infancia es esa ficción derivada. Un lugar en la lengua. Volver es irse con los muertos. Escucharlos, ver como las oraciones pasan debajo de sus pies y les hacen cosquillas. Llueve donde nada existe. Llueve y por eso se puede escribir. Siempre es de noche cuando la palabra es luz. Los sueños son cicatrices en la sangre. Toda casa es grande cuando grande es el porvenir. Un libro es ese lugar en la lengua, pero la lengua que nadie más hablará. Se oyen los colores cuando no había. Los sabores semánticos del lenguaje. Todo libro es este retorno a un porvenir que no viene, que tampoco va sino que está siendo escrito. Eso lo hace cuaderno, y no poema, y no novela, y no ensayo, pero sí.

 

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Solo un mundo donde ya no hay nadie merece ser nombrado. El último poeta es el primero. Cada rincón del silencio es donde los amantes se deben a su pequeña muerte. Los detalles de ese viaje son la revelación. Bitácoras de lo que se separa y se une. Crónicas de los instantes de eternidad. Escribe el que no regresará. Escribe quien es su propio viaje. La palabra es la imagen de lo que no tiene sonido ni luz. Se escribe un libro brillante sobre el opaco fin de nuestro presente. Había que ser parte de él en su fuga y su fulgor. La poesía es un ticket de regreso del infierno. El infierno somos los otros.

 

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Un padre, una madre, piel. Órganos para recordar, para extender un presente en las manos juntas. Excusas para que los espectros salgan del pecho. Todo mito es sobre uno. La voluntad de que cada sueño no sea un sueño. Mueren los países y las épocas en las cocinas donde hay vapor. Cocinas de la humanidad donde el tiempo huele como las fotografías. Niños mirando a otros niños colgados dentro de un ojo de cristal. Sepias sensaciones al ver los mapas que hacen los pájaros. Hojas que comienzan a desprenderse de las placas tectónicas. Gatos y caballos que saltan desde sus puntas quebradas para hablar, para escribir un libro que también se destruye entre las manos.

 

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Heridas en esa piel que no es de piel. Llueve sobre el papel acariciado. El color de su soma, la respiración a través de sus esporas lingüísticas. Alguien lo percibe, observa y murmura. Un poema siempre figura un lugar donde abandonarse. Habitado y en fuga por las calles donde fue escrito. Casualidades del tráfico nocturno del paraíso. La transfiguración de los nervios. Se escribe con cada átomo de la espalda como si se fuera camino a Troya. Todo cuerpo es una guerra a muerte y la victoria ralentizada. Ahora bien, es cierto. La muerte es la última oportunidad de hacer algo verdaderamente artístico.

 

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Toda historia es la suma de las situaciones que permitieron que sucediera, pero también de las que quedan fuera del recorte, del encuadre, del relato. Ahí trabaja el poeta, en esa zona muda de los sentimientos, de lo que debe ser y no es. Acaso el mito no sea eso mismo. Hablar en el presente de una vida y que esa vida sea la de la humanidad es la que nos recuerda justamente eso, la poesía como mito, las palabras y pulsiones que el logos dejó fuera, que no quiso, que atemorizó.

 

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La historia más que nunca hoy pareciera ser una suma de accidentes de todo tipo. Algo así en tanto el presente como un exabrupto del tiempo. Una acumulación de sucesos de distintas épocas en esta: apoltronadas, superpuestas, hacinadas. Así estamos leyendo el mundo. Así estamos siendo leídos por un futuro que seguro nos odiará más que como nos odiamos nosotros en el presente. Nuestra dulce catástrofe. De algún modo nuestros únicos vestigios serán las ruinas no de las ciudades sino de la geografía. La geografía es la propia humanidad que ha decidido partir de casa. Lo que de fondo quiero decir es que todo accidente histórico es geográfico.

 

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Qué hemos escrito a lo largo de estos últimos milenios. Leemos sobre faraones felices con sus semillas o de sacerdotisas que invocan a sus dioses como si fueran sus amantes. Poderosos reyes en busca de la inmortalidad y muchachos silvestres con los secretos de la noche. Mujeres enamoradas inmolándose en el fuego, hombres atribulados por la muerte y el adiós. Insistimos en la inmortalidad de esas pasiones, de esas angustias, de esos miedos, de esas esperanzas. Los poemas de hoy dicen lo mismo porque seguimos siendo los mismos. El mundo ha cambiado pero no cambia. Los cuerpos no se han modificado mayormente, vivimos en cavernas alrededor del fuego, comemos y nos vestimos de animales, digerimos mejor gracias a plantas y vegetales, el agua es indispensable, el aire y el mito que une lo común con lo que está más allá.

 

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La belleza qué es sino la contemplación de lo que desaparecerá. Amamos lo que va a morir. Nos aferramos al tiempo que quedará después de una partida. Eso es la eternidad. Un cadáver nos recuerda lo que somos. Los minerales y secreciones de donde venimos y hacia donde va toda la humanidad. Se dice que la poesía nació frente a un cuerpo muerto, en ese límite sin palabras en un mundo casi sin palabras. Qué decir, qué no se dijo, que se dirá. La obscenidad de regresar a la vida cotidiana luego de un funeral. De volver a ir al supermercado, de tomar el metro, de ir a comprarse ropa. La madre muerta no muere. Se convierte en uno para bien o para mal. Un sueño que tiene poder, una voluntad, una posesión. La madre es el lenguaje.

 

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Se habla de soslayo con los muertos como mirándolos desde otra garganta. No hay pasión más irrefrenable que la de las olas, el sudor de las orillas, el deseo de retornar en alguien. Ángeles a lo largo de las costras y es el lenguaje en toda su erección. Los edificios sangran células muertas. Partidos musculares de pie. Los huesos refulgen en las camas de los sustantivos y todo se recuesta sobre la línea del horizonte.

 

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Es de noche en la noche de las palabras. Estoy en la herida del comienzo. No digo el vacío. No digo el silencio. Todo está repleto de todo. Desatados los paisajes como colchas sobre estas manos que no cesan. Buscan sombra. Buscan sangre. Buscan el aire que recuerdan. La escritura en los pájaros que es siempre un libro. Leer es crear una soga que termina en ceniza. Cae el tiempo sobre esta noche. Hablo para no caer. Escucho a quienes se quiebran acá dentro y me susurran que la voz es siempre mancha. Callarse. Callarse los colores.

 

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El deseo de escribir el primer silencio. El deseo de que muera una década y media. El deseo de todo libro a ser el mar. El lector es un testigo falso que mira al inculpado y respira. El origen del origen. El semen onomatopéyico de la eternidad. La poesía, ese molusco en forma de nube. La poesía, ese nogal dentro de los párpados. La poesía, ese faro en medio del desierto.

 

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Las figuras literarias son poses del lenguaje. Encuadres ante un observador que determina el nombre de cada movimiento. Figurar es aparecer, estar dentro, ser escrito. Los tropos tectónicos: la rotación de las alegorías, la traslación de las hipérboles. Un origen que nombra su propio fin. Una semilla que se convierte en un mueble de madera. Las palabras viven su apariencia, hacen creer en lo que no creen. Manchas y aberturas. Se nace como las palabras. Sin esperanza pero sin miedo a terminar dentro de las repugnantes paredes de un libro del tamaño del tiempo. Tempo, opus, espejo.  

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Letras quedan en silencio, palabras pasan al desuso, frases se extravían en otras lenguas y las páginas se convierten en países microscópicos para el reino que señorea la vida en la Tierra. Los seres humanos somos un remanente y las circunstancias que nos atraviesan no son más importantes que la de las flores o las nubes. Lo que quiero decir es que a la poesía verdaderamente no le interesa lo humano sino justamente todo lo que no es, o por cierto, lo que la une a ciertas cosas de entre las cuales como especie somos las menos interesantes.

 

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Una vaca es el universo. El universo es la infancia y una cabra. Las constelaciones son el jardín donde todo comienza. Como los poemas. La felicidad siempre florece. Los perros rodean lo que se convertirá en hueso y cantan. Las ciudades se fueron a dormir. Nadie las oye. Una de ellas nos escucha desde fuera pero no le creas. Un muerto sabe y también canta. Siego y miro el aire. Los elementos suceden. Los elementos lingüísticos de un pensamiento vacío. Hablo como si latiera. Levantaría cada una de estas letras en holocausto. Las daría de comer a estos ojos que nos miran. Brilla la noche y nadie duerme. Niebla es el mundo sin la niebla.

 

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Qué es el insomnio del mundo sino el sueño de la poesía. El más allá del más allá dentro de los ojos que leen un libro que no es uno. El viento ardiente y caballos a través del cielo. Es la mirada en esta noche de horizonte. Todo lo que digo es página. Página a página cabalgando hablo. Mi mano en los filamentos de un bosque y el nombre de cada flor. Leo cada poema como si fuera yo ese eco inexacto. Ser distancia y la sangre dice. Algún latido. Terral. Qué es un rostro frente a un libro. Cuántas letras. Cuánto olvido. El sol es una sombra mañana. Las gallinas picotearán el universo.

 

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Los libros son piedras vacías para destruir los jardines quemados. Las llamas se elevan sobre la escritura. Algo se desprende y va por ahí en paz. Es la infancia y sueña. Es la infancia la que sueña con un epitafio. La vida de nadie. Los caballos. Los huesos de la cara que un niño ciego toca a las ballenas. Las ciudades ya no existen y todo lo que desapareció no volverá a cambiar de color. Otra será tu gloria. La de este cielo que nos llama.  

 

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La historia de las migraciones es la historia de la humanidad. No hay casa que no sea casa del mundo, al menos por un instante. Las fotografías son miradas sobre lo que perdemos y habitamos en el poema como habitamos en el universo. Apoltronados, superpuestos, hacinados. La poesía solo es posible cuando ya no queda nada. El poema es testigo de algo que desapareció y no volverá. Ese es un estado del arte. Es desde donde se puede comenzar a hablar. A escribir. A ser parte de algo de lo que nunca existió. No nos perdimos sino que no encontramos el camino a casa, a la casa de la casa, al río del río y al cielo del cielo. Habitamos en el lenguaje y en lenguaje soñamos. Cagamos lenguaje y lenguaje eyaculamos con las manos frías de recuerdos.  

 

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He pensado tanto en la poesía, en los mundos interiores y lo que le rodea, en las vidas que hay entre los átomos y las galaxias. Pasan los años, las décadas, los siglos y algunos poemas siguen ahí. Otros desaparecen o mejor dicho se transforman, vuelven al polvo o se convierten en semillas de nuevos árboles que nacerán. La poesía como estructura de lo humano y como el tono de lo por venir. Una forma de pensamiento en el mundo y como lenguaje en el tiempo.

 

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Mi vida se completa en el mundo de los sueños, algo así intenta ser el arte: la mitad imaginaria de un mundo imaginado. No se entendería la vida sin el arte pues sin los sueños y las pesadillas las noches serían las horas de la más terrible esclavitud: el tedio. Todo esto para decir que me acabo de despertar.

 


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