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Introducción de "Un mar de piedras" (FCE, 2018) de Raúl Zurita. Edición de Héctor Hernández Montecinos

  Para quien lee, el autor siempre está muerto. La distancia que los separa y los une es un luto. Su libro, esa cajita sellada, es donde reposan sus restos, es decir, su escritura. Sabemos lo que hay en el interior, pero no lo que sucede ni mucho menos el cómo. Esa pregunta, justamente, es la de la crítica, la crítica literaria, pero también la de quien ha podido exhumar esos restos y darles una nueva sepultura. Ya desde fines de los años sesenta, Barthes y Foucault en dos conocidos artículos profirieron en términos teóricos la exhumación del autor para moverlo de lugar, desde el narrador a lo narrado, desde el que ve al que es visto. En ese más allá del discurso, y ese más acá, es que podemos volver a pensar en la descomposición, el silencio e incluso la resurrección como parte de un imaginario literario, un itinerario común. ¿Cuál es el límite de una obra, su punto final, su transformación? No lo sé. Sea como sea, la muerte y su contraparte, es decir, los sueños son de algún mo...

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