La Nueva Prehistoria (Apuntes en Facebook 2009-2019) [fragmento]

 


Uno de los hombres tiene una suma de apuntes. Anotaciones que tomó durante años en cuadernos. Lecturas y conversaciones. Diatribas y fervores. Los acumuló para que no se perdieran en la guerra que es el tiempo pasado contra el espacio futuro. La guerra de la biblioteca y el caos. Estos escritos están en el punto medio. No pretenden más. No quieren morir. Tampoco vivir. Terminar.


 

Teoría de la vanguardia. No es el momento. Amanezco con ciática. Casi no pude dormir. Salgo a caminar para ver si pasa el dolor. Entro a una librería de viejos en San Diego. Hay un libro de portada horrible. El título también. De curiosidad lo abro. Sociedades americanas en 1828 de Simón Rodríguez. Es una escritura absolutamente experimental. Increíble y límite. Setenta años antes de Un golpe de dados de Mallarmé. Pienso en que no es la carta de fundación del experimentalismo. No lo era. Lo es este venezolano loco con sus ensayos-poemas. Su pintar con palabras. La síntesis de todo lo que creemos hoy. La escritura en desmedro de la literatura. La “oculta escritura” sobre la “bella escritura”. Aquí está todo. Una nueva genealogía latinoamericana se arma. Estoy anonadado.

 

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Uno sin casi poder moverse. Un siglo muy movedizo.  Comienzo con Gamaliel Churata de Perú. Arturo Borda de Bolivia: la vanguardia andina. Más acá están los chilenos. Pablo de Rokha y Vicente Huidobro. El antecedente de todo esto es Simón Rodríguez. Son nombres no mayormente conocidos. Su obra desconoce la idea tradicional de la literatura. No todo ha sido nombrado ni pensado. Un corpus abierto a cada nueva época. Esa es su actualidad. Son estas obras y muchas otras. Su vitalidad permea el campo cultural. Festivales y antologías. Editoriales autogestionadas y cartoneras. Sitios en internet y el uso masivo de las redes sociales. Una extensión donde la poesía no es solo literatura. Una forma de habitar en el lenguaje. Los cuerpos y los espacios. La vanguardia como sucesión de cataclismos. En significados y significantes. Un intento de respuesta. Un no lugar donde todo tiene lugar. El entusiasmo de los primeros no es distinto al de los últimos.  Ese es su triunfo.

 

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Una biblioteca sobre vanguardia. Una atención a lo que atiende otra noción de literatura. Pura escritura. Ediciones de El Pez de Oro, una fotocopia directa del original de los tres tomos de El Loco, voluminosos estudios sobre Oquendo de Amat, mucha bibliografía alucinante de autores que he podido conocer en el viaje a Lima como Omar Aramayo y Mauro Mamani. Fue José Luis Velásquez Garambel quien por cierto en Puno hace más de una década me mostró los libros de Churata y Ande, y desde ahí creo que nuestra tradición americana ya no volvió a ser la misma. En ese corredor hacia La Paz, es decir, los Andes centrales y el lago Titicaca, nace todo lo que somos hoy como literatura latinoamericana. Churata, Arturo Borda y Pablo de Rokha creo son los tres autores que forjan el futuro de estas escrituras monumentales y alucinadas. Perú, Bolivia y Chile tuvieron que padecer una espantosa e injusta guerra para que ese horror fuera el escenario de la crisis que representan estas obras. Me interesa como estos artistas se relacionaron, conocieron, reflexionaron. Hay aquí un pensamiento que a más de un siglo sigue siendo urgente.

 

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Por cierto, no se puede olvidar el increíble trabajo en dos tomos que hizo Lucho Chueca con Poesía vanguardista peruana o la constante investigación y recopilación de Wilmer Skepsis. Estos autores y sus estudiosos son el germen del porvenir. Sus luchas contra el fascismo son escabrosamente actuales al igual que las resistencias que sus escrituras abruptas, torrenciales, poderosas siguen generando. En Chile hay mucho que aprender de esto. Esta vanguardia no se estudia ni conoce mayormente. Los ismos europeos son un pálido matiz ante este enraizamiento en lo originario, lo indígena, lo popular, las lenguas castigadas. La barbarie y la estupidez tienen un problema aquí. Esta literatura se escapa a todo y regresa para quedarse.

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Vanguardia es una nominación histórica a ciertas sensibilidades, afectos y herramientas estéticas que de modo colectivo, pero no siempre cooperativo, buscan acelerar procesos de desgaste de materialidades como la autoría, la obra, el libro e incluso el poema mismo. Algo similar sucede con el experimentalismo. Ambos conceptos nos acercan a una idea de programas de escritura e inscripción no siempre en la literatura como genealogía, sino celebrando su propio devenir. A lo que voy es que en sí estos dos conceptos no dicen nada sobre las obras que agrupan, pero del mismo modo son una propia lectura, una síntesis, una cartografía para hacer partícipe esa diferencia con respecto a un canon invisible que solo deja de serlo cuando se piensa en su afuera, en este caso, en la existencia de esa vanguardia.

 

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Cuando vamos un poco más allá y localizamos esta reflexión en un punto geográfico determinado se abre una serie de interrogantes y tensiones en las que pensamos en una poesía nacional, una poesía local, una poesía situada. Varios han sido quienes han desestimado la fijación de un discurso y un territorio, no obstante, no podemos negar que algo une a un corpus a las coordenadas en donde se crea. El estructuralismo quiso hacer desaparecer esas señales de ruta, ese afuera del poema que es el autor, su ubicación geográfica, su vida. A lo que voy es que no es determinante en la escritura el lugar en donde sus autores nacen o viven, pero sí ese espacio que se convierte en una materialidad posible o utópica, un nuevo contexto.

 

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“Pablo de Rokha es el resumen de la poesía chilena, afirma Héctor Hernández. En la totalidad de su obra estamos todas las escrituras que vinimos después. Uno puede leer ahí perfectamente a Nicanor Parra, a Zurita o a cualquiera de nosotros. Eso fue lo primero que vi en él, que el tiempo cabe en un libro, tal como hizo, quien creo es su hermano gemelo, Juan Luis Martínez. Una obra como esa es el intento más desesperado de que las voces se callen, por eso había que escucharlas todas y escribirlas. Eso aprendí de Pablo de Rokha, que un libro de 500 páginas no es más que el resumen de uno de 5 mil y esas 5 mil podrían ser infinitas porque el asunto es: o desaparecen esas voces en la escritura o desaparece uno de un tiro en la cabeza. No hay otra posibilidad”. (El Mercurio, 9 de septiembre, 2018)

 

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En la poesía chilena de todos los tiempos hay libros como neblina, como llovizna, como temblor, como temporal, como granizada, como vendaval, como marejada, como tormenta, como terremoto, como tsunami y como volcán en erupción. Muchos son como sequía, la metáfora del desierto. No obstante, la mayoría no pasa de ser un accidente ni siquiera geográfico sino en las aburridas vidas de aburridos sujetos. Unos cuantos poemas de fin de semana, un par de libritos en un montón de años. Sumas de poemas como sumas de fotografías: instantáneas, flashes, daguerrotipos de vez en cuando. La poesía chilena tiene que ver más con su geografía que con su historia. Ése es su triunfo, su fatalidad.

 

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No basta con escribir poemas. Absolutamente no. Hoy que los márgenes del horror se han movido es que cada integrante del campo cultural tiene una responsabilidad con respecto a quienes lo leen, escuchan, comparte. Quizá la única diferencia de la poesía chilena con respecto a otras sea que sus poetas desde Neruda, Mistral, De Rokha y Huidobro han sido sujetos políticos que han pensado en y desde la poesía esos nuevos mundos que son la imaginación y el lenguaje con una pasión irrestricta. No se trata de poemas ni siquiera de libros sino de obras y poéticas que es lo único que le puede hacer peso al poder del poder que es también un lenguaje. Un mundo muere y mueren miles, millones con él, pero también uno nuevo nace y es nuestro deber que sean centenas y miles quienes se quieran sumar a construirlo.

 

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1954 es uno de esos años en que se resume un siglo, una estética, un nuevo paradigma. Es ahí cuando se publica Poemas y antipoemas de Nicanor Parra, que es el punto de partida de nuestra posmodernidad poética, si es que existe algo así, pero también ese año Neruda publica las Odas elementales, entre las que se cuentan las odas a la alcachofa, al caldillo de congrio, a la cebolla, al pan, al tomate, etc. Mucho se ha hablado del descenso del Olimpo, pero tanto Neruda como Parra lo efectúan el mismo año, y el primero luego de su monumental Canto General (1950). El habla del pueblo siempre estuvo presente en la poesía popular, al igual que los temas y algunos giros que luego ingresan al salón literario. En efecto, De Rokha lo que hace, en parte, es ruralizar las vanguardias europeas, tal como Churata y Borda las indigenarizaron en Perú y Bolivia respectivamente. El resultado de esos cruces es tan fundamental que en realidad nuestra contemporaneidad comienza con ellos a inicios del siglo XX. Exactamente 25 años antes de ese 1954 nace Enrique Lihn y 25 años después Raúl Zurita publica Purgatorio. En esa coincidencia podemos ver a Lihn tirando su flecha hacia atrás y Zurita hacia adelante. Los números y las letras, tal como el pueblo con el salón nunca han sido enemigos sino más bien tienen unos flujos que no han sabido ser leídos del todo. Lo que finalmente quiero subrayar, con todo lo empalagoso que son las Odas, es que si no hubiesen aparecido los antipoemas sería el libro que bajó la poesía del Olimpo, pero no fue así.

 

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Se me ocurre que uno lee para seguir haciéndose preguntas y no es que la escritura sea responderlas, pero sí es un modo de que esas preguntas se mantengan vivas, abiertas, desnudas. Leo cuando el mundo me parece demasiado obvio o su miniatura mentirosa como podría ser el Facebook. El lector es el gran protagonista el día de hoy, el que está en la verdadera lucha contra la prensa pusilánime, el lucro de las editoriales, las mentiras de la verdad. Nosotros como escritores somos testigos de nuestras propias batallas perdidas y no leer sería perderlas para siempre.

 

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En efecto, los lectores me parecen más interesantes actualmente que la mayoría de los autores. Lectores anónimos, no profesionales, impertinentes. Hacen bien, entran en el juego literario, problematizan la ficción y muchas veces son más inteligentes que los escritores. Además, son quienes pagan y mantienen todo el sistema literario. Ellos compran los libros, los comentan, los difunden, los roban -lo cual activa los seguros- van a las ferias y lanzamientos. Trabajan en red en la red sin percatarse. Hay que pensar desde qué lugares hablamos y no solo contra quien. Un buen ejercicio es ser radical con uno mismo, con sus lugares, con sus privilegios y desde qué arista del poder. Invisibilizar el poder propio es invisibilizar el poder del enemigo. La economía ha devorado casi por completo el medio literario. Hay aún intersticios imaginativos donde rastrear, operaciones creativas notables, mucha obra brillante que no tiene como finalidad el libro. Sea como sea, la crisis es monumental lo cual es maravilloso para quienes trabajan con esos materiales. Esas son las obras y escrituras que me interesan, las que ven ruinas donde los otros monumentos, las que ven oro donde los otros ven basura.

 

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Sin duda, la producción, circulación y consumo de un libro no es distinto al de las otras mercancías y fetiches en el mercado. De hecho, un caso concreto es que ciertos bancos españoles están detrás de las grandes editoriales transnacionales, son sus inversiones, por ende, los intereses que se consiguen con sus ventas están en una red bursátil que no se ha querido leer. La prensa, los medios, también dependen, si no de estos mismos bancos, de una red de inversiones que conforman holdings que potencian ciertas obras, pues están en una misma red de flujos económicos unilaterales. La publicidad como operación, que cada vez es lo mismo que la prensa, refuerza, por un lado, y la academia que lee objetos y obras, pero no dichas operaciones, es lo otro. A lo que voy, es que a nadie le importa el arte literario, la complejidad, la originalidad ni menos la imaginación, pues los editores deben redituar a sus jefes, y estos a los gerentes, y estos a los inversores, y así el flujo del dinero que un autor genera pasa por todas las manos menos las de él. Chile es el país de la colusión cultural y sobre todo literaria. Concentrar todo el poder, administrarlo para su propio beneficio y sobre todo vender una idea de que lo que se publica es siempre importante y bueno siendo que no lo es. Las mismas doce personas mueven el campo de la edición, la prensa, el marketing y el consumo. Leemos obras literarias en abstracto pues naturalizamos esta colusión y el sistema económico que lo sustenta pareciera sernos invisible como lo quiere ser siempre la dominación.

 

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Pensar el campo cultural como un campo económico. En Chile sería interesante hacer una investigación así y de ahí comenzar una discusión en la democratización de esos recursos. Los fondos públicos a transnacionales es un escándalo y como siempre he dicho, las editoriales que reciben dinero del Estado debieran vender a precio subvencionado y no a precio de mercado que es como hacen. Sobre lo mismo, lo de las editoriales independientes sigo sin tragármelo del todo. Sin duda es un aporte, pero los autores que publican son cada vez los mismos que publican los sellos más grandes que ellos. Por su parte, hay que preguntarse si se puede ser independiente con recursos del Estado. No digo que esté mal, solo que cuestiona la noción de independiente porque tampoco lo son con respecto a las leyes del mercado. Cada vez los editores tienen más presencia en los medios que los propios autores que no reciben más del 10% del total ventas. La cultura oficial en Chile no es estatal sino privada, y digo cultura como el rostro amable de la bolsa de valores.

 

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La primera pregunta es de qué territorio hablamos cuando hacemos referencia al campo cultural. ¿Es en efecto un lugar, un espacio o quizá un mero espejismo de época? Campo de fuerzas, nos dice Foucault, sí, pero todo es campo de fuerzas. Un modo de cartografiarlo sería tentar un mapa de su mismo tamaño. Tras esa miniatura sobredimensionada, debajo de ese fetiche occidental es que ciertamente el metarrelato de la institución se nos aparece como límite y encuadre. ¿Quién administra nuestras dosis de cultura como si se tratara de una droga? ¿Cuántos son los que reditúan de ella? Ciertamente ninguno de los que la consumen. ¿Quiénes la exigen? Aquellos sujetos y comunidades que forman parte de una red asistencial de necesidades no estéticas sino justamente institucionales. Se trata del arte, pero dosificado; de su arrebato y su inutilidad, dosificados en un laboratorio político que en este gesto lee el grado de alienación que administra con la otra mano. A todas luces el campo cultural, o el descampado, es útil a la institución estatal, pues no solo accede a zonas de opacidad social en sus propios márgenes sino que también blanquea lo grisáceo de su accionar. El discurso de y sobre la cultura cae en una propia contradicción. Desde su propia raíz la entiendo una red de instituciones conectadas en cuanto a un funcionamiento específico que está mediado entre lo político y lo estético, sin llegar a ser parte real de ninguno de ellos dos. 

 

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A pesar de la certeza o desvarío de la observación, la cultura se nos instituye como urgencia, como anestesia política ante la cual las facciones del catálogo social aúnan sus agendas para convenir en la relevante reorganización de las materias y procesos culturales. Distintas épocas, distintos lugares de compromiso y renuncia, distintos corolarios propagandísticos se reconocen en una emergencia clínica que en su metáfora más obvia y patética reacciona ante la descomposición del exquisito cadáver de la democracia. Una pregunta válida es de dónde vienen esos pertrechos y su omnívora presencia global. Sin el fundamento sicoanalítico de base es que quiero pensar en la civilización, ese mapa del tamaño del territorio, como un inconsciente cultural en donde las tablillas de barro operan por igual que los quipus, el vuelo de los pájaros, las modernas computadoras y los sueños. Una idea de civilización que se entrone más con el fuego que con el alfabeto como hito fundacional y donde la subjetividad sea convenida en aras de una conciencia más que de una identidad.

 

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Ese cuerpo que piensa sobre sí no como cuerpo y que establece una relación sobre lo otro sin pensarse él mismo desde allí. Ese ser afectado que padece los sudores y el frío del campo cultural en cuanto a visibilizar derechos que exige, pero que silencia sus deberes postergados. Esa persona racional que se emociona y vibra cuando alguna inscripción recuerda su nombre. Esa conciencia que se cree crítica y que no puede luchar sin que tenga un interés moral creado o alguna pertenencia identitaria desde donde defenderse. “Intelectual” se le llamaba hace décadas, pero aquel mal chiste cae en el desuso de su propia comedia. Cuando hago referencia a la conciencia crítica, y cuando me reconozco como uno de ellos, estoy pensando en un agente, un mediador, un punto de fuga entre la cultura como genealogía y la subjetividad donde se desenvuelve como proceso en los cuales dichos materiales se ponen en movimientos incesantes de tensión, crítica y propósito.

 

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El intelectual pertenece a la época del ensayo, cómico chiste, pues la gula de aquel género lo que menos buscaba era ensayar, tantear, sobrevolar. Su voluntad de inscripción, la firma y el lugar de enunciación de la enunciación eran el plato fuerte en las transacciones del hambre académico, editorial o incluso en un tiempo en la prensa. Ante lo burdo e inoperante de la figura del intelectual es que la conciencia crítica, así sin más, en su dispersión, pero no en su desvío, en su fuga, pero no en su huida, se presenta como un neutro, pero inserto en estas redes donde el arte, la política y el mercado tienen un territorio común que estamos leyendo como intervención. El ensayo contempla como la crítica literaria; la teoría, se entromete. El intelectual vislumbra síntomas desde sus propias tecnologías médicas, la conciencia crítica es parte de la enfermedad, el virus, el contagio. El modo de desmantelar la adicción dirigida es transfigurar la cultura como territorio y somatizarla creativamente en nódulos de desajuste en sus distintos puntos de conexión. La conciencia crítica es parte de la pandemia, no se substrae a su propia enfermedad, pero complejiza las dosis y en ese pharmakon se halla un modo de revuelta, una salida extraordinaria, un desacato con sus propias herramientas.

 

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No confundir mercado cultural, campo artístico y diagramas creativos. La distinción entre cultura, arte y creatividad es fundamental. Por ejemplo, la creación de una biblioteca es cultura, haber escrito uno de sus libros es arte, pero leerlo a viva voz en la calle es creatividad. La revolución es creativa. Acá las marchas aplanaron el movimiento. Los flashmobs, las intervenciones artísticas, las tomas, las tertulias, la música, teatro y poesía en las calles le dio vida: la creatividad ciudadana. La marcha es el desfile del descontento, una pasarela de la abulia. La creatividad nos hará libres. Por eso es importante repolitizar los referentes culturales del momento. Dotarlos de vida, de afectos. Traer a la contingencia íntima la eterna lucha social. Si la revolución no es alegre y cariñosa, es un capitalismo triste.

 

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En cierto punto, creo que la creatividad y el arte serían opuestos. Está lleno de artistas que no son creativos, de hecho, la mayoría. Y al revés, hay muchísima gente creativa que no es artista y no quisiera serlo por ningún motivo. Para mí la creatividad es el fundamento de la civilización, es lo que nos hace humanos como especie. Es el previo al uso del fuego y a la escritura, o quizá su razón de ser. El lenguaje en sí no es cultural ni artístico sino creativo y la poesía es la prueba de eso. De allí que sea el lenguaje más detestado por el capitalismo y más amado por las subjetividades rebeldes. La cultura es pura historia y el arte pura inscripción, es decir, ambas son monumentos y por ende están hechas para derrumbarse; en cambio la creatividad son las ruinas, o mejor dicho, hace de las ruinas, de las necesidades, de las carencias, de las pobrezas, de las faltas, de los suplementos, una nueva luz. Por eso digo que el indígena es el hermano mayor del poeta porque él o ella vive la creatividad, nosotros la simulamos. Ellos crean, nosotros re-creamos. La vida en sí es creativa, los cromosomas, las células, los átomos, todo despilfarra creatividad pues la creatividad es la vida misma. Los virus inventan procesos feno y genotípicos para no morir. La creatividad es lo que lleva a tus células a cooperar y no competir. Es imposible huir de la creatividad, es nuestro espíritu, nuestra porción de Ngenechen, de Ra, de Inti. Es el fuego que Prometeo se robó. Es lo más cercano a un espíritu santo. La creatividad es una función básica como la respiración o la excreción. No es algo que el ser humano aprenda, le es natural. Es lo que le hace humano. Justamente los poderes, el sistema, los dispositivos de control entiéndase desde la ley, la religión hasta la educación lo que se esmeran es en anular esa creatividad y lo logran. El modelo nos obliga a ser consumidores de todo, Dios, Estado, Justicia, Arte, Cultura, pero la creatividad es la que hace que en vez de ir al supermercado a comprar lechugas te hagas un huertito hidropónico con botellas plásticas o que recicles tu ropa para hacerte otra, o que emprendas un camino de auto-educación, etc. La conexión entre creatividad y ser humano es el punto de la revuelta, de la revolución, es decir, el medio en que nos liberemos de las sujeciones de consumo incluido el consumo cultural. La cultura crea deuda. Evidentemente no podemos saber todo y lo poco que sabemos la cultura lo ridiculiza y te hace saber mediante sus instituciones que lo poco que sabes es una ridiculez siendo que no es así. El arte es igual, te convierte en espectador de los egos reputados, de los museos o lo que la moda estética ha creado. Sin embargo, la creatividad tiene que ver con ser y hacer cosas colectivas, no jerárquicas, sin autorías, atentados afectivos, deslizamientos de las identidades, cooperaciones creativas, generosidad, ternura, entrega, renuncia.

 

 

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El movimiento estudiantil fracasó por una sencilla razón: el cambio de paradigma era cultural y no político. Había que revolucionar la casa, la conversación al tomar la once, el uniforme y el pelo, la educación alternativa: las formas-de-vida. Cuando digo cultural no es sinónimo de artístico, pero sí es una parte importante, pero lo es más la creatividad. Lo político era el medio para ese cambio, no era la finalidad porque obviamente iba a pasar lo que pasó, es decir, que los líderes jóvenes serían parte del poder político, pero sabemos que el poder político de verdad está en la economía y no en el Congreso. Las instituciones están vacías y sumarse a ellas es darle un suspiro de vitalidad. Tengo una creciente fe de que este 2018 que se cumplen 50 años del Mayo Francés sea el momento en que ese espíritu renazca para que tal como ellos hicieron y pensaron, se pueda de una vez por toda crear una revolución cultural, que desemboque en la política, la economía, la sociedad, los medios. El éxito y la importancia justamente de Mayo del 68 fue todo el sustrato previo que acá en Chile se ha dado. Es una excelente oportunidad de crear un nuevo Chile o de incendiarlo de una vez por todas. La sensación es que la agenda reformista de Bachelet, apurada y un tanto oportunista, pero importante y concreta, será el punto de quiebre si sale Piñera. Cuando él deshaga esa agenda nos daremos cuenta lo que perdimos: un país.

 

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Son varias cosas que se me ocurren ahora. Si nuestra única participación política es el voto es lo mismo que se diga cocinero el que agrega la sal al plato ya servido. Esto sucede porque la política que entendemos ahora está, equivocadamente, en tercera persona, es decir, yo elijo para que otros hagan la política, que otros gobiernen. Lo que ha sucedido en México representa el fracaso más absoluto de las democracias representativas. El fraude y la corrupción invalidan estos comicios pero lamentablemente los que pudieran invalidarla son los que han cometido el propio delito. La izquierda latinoamericana aún no ha podido reencantar a la ciudadanía, aún no se articula con el corazón de las masas. Ha perdido más que su voluntad social, su espíritu creativo (salvo contadas excepciones). Sin duda, los responsables directos de este fracaso de las democracias son los partidos políticos, institucionalización de la mafia y el cohecho. El día que podamos terminar con los partidos políticos será cuando las democracias representativas puedan convertirse en democracias comunitarias. Esto es, reemplazar a los partidos políticos por comunidades auto-organizadas. El movimiento YoSoy132 se pensó como una comunidad política, pero de fondo, las comunidades creativas son las que perduran en el tiempo. Sucede lo mismo con el arte. El arte tradicional está caduco no por el agotamiento de sus materiales sino que por su falta de creatividad. El gran salto cuántico de la humanidad, el cambio de paradigma para este nuevo futuro es la creatividad. Personas creativas, comunidades creativas, sociedades creativas, educación creativa, poesía creativa, etc. Ese es el llamado. Como decía la otra vez: todo lo que le pedimos a nuestros candidatos en los cuales depositamos nuestra confianza debemos empezar desde hoy a hacerlo nosotros mismos. La creatividad hace que la persona pueda resolver sus necesidades, de allí que sea más libre y por ende más feliz. Todo lo que le dé capacidades a las personas es político, de allí que la creatividad sea la más de todas. También siento decepción pero decepción de que nuestros sueños aún no puedan ser colectivos.

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Concuerdo que la escena literaria pasa por un mal momento si es que esa opinión incluye a la crítica y la academia. La falta de experimentalidad es un punto que también creo, pero hay algo más pedestre que extraño: la imaginación. Escritores, críticos y académicos sin imaginación, sin creatividad, sin escritura ni pensamiento autónomo. Leer un paper es leer decenas de ellos iguales. Eso como primer punto. Luego, yo me niego a aceptar que la literatura deba ser un espejo de lo social. En absoluto puedo pensar, ni menos desear, que las obras literarias reflejen las preocupaciones de la contingencia. No puedo anhelar que ciertos temas políticamente correctos existan en la literatura porque justamente subyuga al arte a ser un suplemento de lo real. Las palabras no están separadas de las cosas, las palabras son cosas. En efecto creo que quizá debiera ser exactamente al revés, es decir, lo real, lo social debiera discutir temas que nacen o se problematizan en la literatura, en el arte. Hemos aceptado muy pronto esta derrota y es lo que me importa en los libros que hago. Esto es muy visible en la literatura identitaria donde importa más el quién lo escribió que lo propiamente escrito. Semi-ficcionalizar la vida es hacer que una identidad hable, que negocie con otras identidades, pero el problema es que son todas prácticamente iguales y ahí se ve la poca diversidad de voces que hay en el campo cultural. No hablan los cuerpos sino sus identidades convertidas en escritura las que ya decidieron lo que es bueno y lo que es malo, no las razones de aquello. La identidad es una ficción, claro que sí, una narrativa y un relato, pero no por eso se puede creer que es literatura ni que la literatura es la voz de esas identidades.

 

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Todo paisaje es espejismo y el que lee siempre es una máscara del tamaño del mapa que está leyendo. La crítica literaria cuando ha querido leer los objetos culturales se ha dado contra sí, esto es, leer la ciudad en tal poeta o la homosexualidad en este escritor o lo político en aquel. No entender que no estudiamos ni la ciudad, ni la sexualidad ni la política sino que el suplemento de ello que hemos construido en la propia lectura, es decir, la lectura es el propio análisis. De allí en que los objetivos y las metodologías redunden en sí mismas y no se pueda comprobar lo que siempre se supo con respecto al objeto de estudio que es lo que no se ha entendido bien. Por un lado la literatura es un objeto cultural, sin duda, y también una obra de arte, pero a su vez lo que leemos cuando leemos son las operaciones literarias. La idea es separar la literatura de lo literario.

 

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Leer o dejar de leer a un escritor por su posición política dejaría a muchos sin lecturas si fueran “consecuentes” con su “ideología”. Para mí, Miguel Serrano es un escritor importante en un área específica de la literatura que me interesa y no su posición nazi. Uno puede separar ese aspecto como lector literario, pues un lector es justamente una prioridad de lectura, es decir, se lee lo que se quiere leer. A lo que voy es que leer significa visibilizar, mostrar, no encontrar. La pregunta es si alguien de derecha no podría leer o celebrar la obra de Manuel Rojas acaso. He leído varias cosas de Serrano y es uno de los pocos escritores que creó un imaginario mítico, tan carente en Chile donde todo el mundo está embobado con la prepotencia de la realidad. Los libros de viaje y de amistad con Hesse, con Jung, con algunos personajes de la India no me parecen nazis, pues nazis también serían Jung o Hesse y al menos que yo sepa no lo fueron. Juan Luis Martínez entonces que le dedica La Nueva Novela a Serrano también sería nazi. Es una locura. Serrano fue leído y compartió con la gran mayor parte de los escritores de su época, incluso con Neruda. No me interesa defender lo indefendible ni nada por el estilo. Solo me molesta y me hace un gran ruido dejar de leer la obra literaria de un escritor por sus opiniones políticas. No creo que Serrano haya llamado a dejar de leer a De Rokha, Ginsberg o Cardenal. Pues si estas son las razones para no leer a Serrano, tampoco podríamos leer sea lo que sea lo que hemos convenido llamar literatura.

 

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Desde comienzos de este año que ando pensando en qué sigue y qué queda de la poesía, cómo reflexionar en ella sin idealizarla pero sin banalizarla. Que no pierda su carácter de creación y destrucción constante: su potencia de transformación. Hay grandes obras latinoamericanas que me dan respuesta y la de Hugo Mujica es una de ellas en cada uno de sus libros. Quizá es la que está pensando más a fondo la experiencia de la poesía como creación, su existir, su nacer, su éxtasis. Insisto que su libro Flecha en la niebla no se parece a nada y nadie que no piense en todo esto puede desconocerlo. Es un hito. Además, Hugo es de una generosidad infinita y me emociona que cuando le pregunten por autores me mencione. Lo que enseña Hugo es que acá estamos frente a algo que nos sobrepasa con creces y en ese misterio nos llamamos unos a otros. Hay que oírlo, tomar apuntes sin tomarlos, quedarse en silencio unos minutos luego del de él.

 

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Esta nueva Babel que vivimos hoy es el estruendo de ese derrumbe, es decir, el ruido total acompañado del capitalismo el que ensordece más que la multiplicación de las lenguas como un castigo. El exceso de información como modo de dominación global es una de las primeras señales de este colapso, de esta fatiga de materiales que vive el lenguaje el día de hoy y en el cual la poesía, como esta conciencia, abre varias preguntas ya no a las palabras mismas sino a las cosas, a la realidad, a la civilización. Hace casi dos siglos se nos dijo que la Revolución Industrial, la mecanización de la producción laboral, le daría al ser humano más tiempo libre, paradójicamente, más espacios de humanización, de autonomía y vemos hoy que nunca hemos estado tan esclavizados cualitativa y cuantitativamente. Sucede lo mismo con los avances de la telecomunicación, pues se presuponía que la humanidad lograría un idioma universal y podríamos hablarnos y conocernos como nunca antes, siendo que no hay época de mayor soledad, mayor desaliento, mayor angustia que la nuestra. Entonces sucede que con esta Babel, como las estrellas con su luz, tenemos una escisión entre su origen y su fin, como finalidad y como exterminio. Esto es a lo que la poesía se contrapone creativamente singularizándose en nuevas vivencias, nuevas afectaciones, nuevas sensibilidades. Es el punto de no retorno que comienza frente a nuestras narices y muchos no quieren ver, pues aceptar este nuevo paradigma sin la cultura como autoridad y sin el autor como inscripción implica que las obras del futuro serán colectivas y anónimas y en esas nuevas epopeyas cotidianas la civilización y el lenguaje, es decir, la humanidad, puede que tenga una segunda oportunidad. Esto es algo que hoy solo podemos intuir. Nada más.

 

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La muerte de la poesía es una cuestión bastante relevante si pensamos que la poesía ha sido desde hace mucho tiempo una forma de conciencia. Sí, una conciencia que tiene que ver en cómo habitamos y cómo nos dejamos habitar por la realidad, el lenguaje y la ficción. A lo que voy es que probablemente la literatura halle el punto de no retorno en lo que se está haciendo actualmente y lo que comienza a germinar para el día de mañana no se parezca en nada a lo que creemos hasta ahora es lo poético. En este mismo sentido, he pensado tres etapas para lo que podríamos llamar este continuum de la poesía. Una primera que tiene que ver con el poema como objeto cultural, monumental, inscrito en una historia formalizada y en el cual la cultura, y sus instituciones, actúa como validación de su éxito o fracaso. Luego, un segundo momento en que el poema se hace en sí mismo una obra de arte gracias a las experimentaciones y ampliaciones de sus sentidos, lenguajes y soportes. Finalmente, una tercera etapa en que entendemos el poema, o ya la poesía, como creatividad pura, en el que ya no hay aura, no hay obra siquiera, sino intervenciones, gestos, agenciamientos incluso sin autoría. Es decir, que cultura, arte y creatividad serían una genealogía, que si bien es cierto se conecta y dialoga, también se tensiona y deconstruye constantemente. Por eso mismo, creo que lo que ha muerto es el poema como reliquia de un campo cultural y en su devenir artístico agoniza, pues es el arte mismo el que agoniza. El momento inaugural hoy es el de la creatividad que se puede expresar en múltiples modos haciendo del poema ya no un fin sino un medio para otras conexiones insospechadas, improbables, anómalas y disruptivas para el engranaje total. En síntesis, la poesía no muere sino que se acaban contextos de lectura, interpretación y circulación del poema.

 

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En Lima di un taller que se llamó “Contra el poema”, que espero dar en nuevas ocasiones, por cierto, y ahí lo que hicimos fue cercarlo hasta que se decidiera a hablar sobre todo lo que le rodea, sobre todo lo que nos han dicho que no es él. Siempre el poema es la piedra de tope para la poesía, el lugar lingüístico donde confluye todo lo que no es lingüístico. Creo firmemente que el poema es producto de muchos procesos que van desde lo intuitivo, lo traumático, lo social, lo imaginario, lo contingente, etc. hasta su concreción literaria. La poesía no nace de las palabras, viene a morir en ellas. Lo mismo el autor, la obra no surge de ahí sino que ahí concluye la primera parte de su existencia. El autor como un otro es siempre el espejo desde donde mejor se lee el poema que siempre habla de otra cosa de la que dice.

 

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No sé si lo inventé yo, lo escuché o lo transformé de otra cosa, pero creo que hay tres tipos de literatos. El que escribe de lo que lee, el que escribe de lo que ve y el que escribe de lo que imagina. Algo debe haber de los tres, supongo, en un buen escritor. En mi caso, mi inspiración nunca ha sido la literatura, no me interesa mayormente más que como campo cultural que sintetiza lo peor del mercado y lo peor de la democracia. No busco en la poesía mi poesía, ni en las traducciones ni en lo literario como genealogía. La poesía no es periodismo. Así de tajante, y por más que ciertas poéticas quieran “mostrar” realidades marginadas, tales solo están marginadas a la burguesía. En una entrevista a Roberto Arlt le preguntaban si de su barrio, Flores, había aprendido el cocoliche y la jerga barriobajera, pero dijo que nunca la escuchó ahí y que lo que le sirvió para sus obras fue el lenguaje de la milonga y la cárcel, es decir, un tecnolecto popular, pero tecnolecto. El coa es un lenguaje velado para la ley y el panóptico policial, en la intimidad se habla en esa lengua secreta y exclusiva que se renueva a la misma velocidad que las tecnologías de control disciplinario. Por último, me parece que la mejor manera de tensionar las condiciones de posibilidad de lo real es confrontarla con su límite, con el coeficiente de imaginación que no solo significa ni implica la expresión del autor sino la expansión del lector. En ese gesto se realiza el desorden de los sentidos y el yo es otros sucede con obras literarias creativas y de verdad. En sí, creo que el arte ya va de retaguardia y la creatividad ha dado el paso adelante, pues tanto el autor como autoridad, la obra como autorización y la propia autoridad solamente lo son para quienes quieren que sea autoridad para sí. Leer, ver e imaginar debieran ser tres sinónimos.

 

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Un amigo que terminó su libro de poesía preguntaba sobre cómo saber el momento en que está listo, cuándo parar. De fondo, qué es en sí editar. Yo creo que jamás hay que sacar nada sino poner en otro lado o guardar para otro momento. El poema no es lo que uno escribe sino a lo que quiere llegar. Sin duda, no nace de las palabras sino de algo que carece de ellas. Nosotros le damos una forma, una formalidad. Hay varias, muchas, muchísimas. Soy enemigo de podar libros. Eso hacen quienes los miran desde arriba. Desde la raíz, desde debajo de la tierra que es lo que no conocemos, todo lo que germina es importante. Luego se verá para qué. Los buenos libros no son buenos poemas sino una buena unidad que se parece a todo pero que no se parece a ninguno de los poemas. Pueden ser mil páginas o cuarenta. Da igual. Desde los 19 años me repito lo mismo. Estructura y tono. Pensamiento y lenguaje. Un libro, finalmente, es el derecho a existir de un árbol. Cada astilla vale, cada brote, cada raicilla. No recuerdo quien dijo que por algo los pájaros van ahí a cantar y que ese canto queda en la sabia. Trabajamos con papel que es puro reino vegetal y con la tinta imaginaria de medusas y pulpos imaginarios. Siempre digo que si al comienzo hay una semilla al final habrá un bosque y en medio un árbol y antes una flor. La mimesis no es una imitación de lo real sino cuando ese libro es la flor.

 

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Dicho de otro modo, la poesía es un modo de pensamiento colectivo, una nueva afectación que implica el desdoblamiento de la máscara en aras de un hecho mayor que es la vida en su fulgor y soberbia, en su luz y tiniebla. Ser poeta pasa por entender que el resentimiento es también escribible, la violencia y el dolor, pero también la ternura, la templanza, el entusiasmo. Una vez un niño en Guatemala me preguntó si la poesía acabaría con el capitalismo, le respondí que no, que solo nos ayuda a verlo de manera diferente. Es eso. Volver a vivir la misma vida, pero con otros ojos, con otras noches pero con el mismo corazón. Don, pasión, visión y misión fueron las palabras claves para cuando me pidieron definir al poeta que no son otras tan distintas que creatividad, cariño, cooperación y comunidad.

 

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Por cierto, las canciones como los poemas de amor en tiempos de guerra o dictadura pueden leerse como una cortina de humo o como una esperanza. Los Veinte poemas de amor, Neruda los publicó entre la primera y la segunda guerra mundial y fueron parte de la cultura popular de inmediato hasta el día de hoy que según entiendo sigue siendo el libro de poesía más vendido y traducido en la historia.

 

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Toda mi vida he luchado contra los poemas de amor. Me he dedicado en talleres a destruirlos y en lecturas a no tomarlos en serio. No digo que haya que ser poeta profesional y tampoco estoy en contra del amor sino que se puede expresar de mil maneras menos inútiles que en los poemas. En su nombre se han escrito los peores bodrios y todos los poemas de amor son iguales. El amor entre un yo y un tú es el modo en que se quiere hacer privado algo que es totalmente público. No hay sujeto amoroso sino propiedad amorosa. Es así que lo que llamamos amor ha servido para que se crea que la poesía es la expresión de los sentimientos y, yo creo, es todo lo contrario. De hecho, el amor es pura palabrería. El elogio amoroso es una farsa. Hay un interés, una falta, una necesidad que se intenta suplir con esta poesía. Es una moneda de cambio que exige algún tipo de reciprocidad. El poema de amor tiene un fin muy poco amoroso. Necesita atención y crea una deuda emocional. Sin embargo, la ternura es lo opuesto. No necesita palabras sino gestos, acciones, hechos. Tampoco pide algo a cambio, ni siquiera consumar un deseo. Escribirle un poema a alguien y nunca mostrarlo es el gesto más tierno que existe. Pensar, concentrar, visualizar a alguien en ese tercer espacio que es la poesía es invitarlo a un mundo creado entre uno y su realidad. Sin duda, la ficción es una simulación, no el sentido de mentir sino de hacer verdadera una imposibilidad. Los poemas de amor son esa imposibilidad. No son de amor, son poemas del yo. Quien escribe quiere ser más que a quien se le escribe y cuando se resalta los atributos de esa otra persona nunca serán más que las palabras con que quieren ser escritos. Su lenguaje oculta más de lo que expresa y finalmente todo poema de amor es hacia sí mismo. Una sobreactuación y la exageración discursiva de alguien que en el discurso se siente más cómodo que en lo real. Lo importante no tiene palabras. La muerte, lo increíble, lo que nos deja atónitos. La paradoja es que solo donde no hay lenguaje hay humanidad. Por eso los poetas fueron expulsados de la república. No hay nada qué decir sino hacer. Hacer con palabras si se quiere. Por eso la poesía es acontecimiento y los libros ya dejaron de ser obras para ser operaciones con el lenguaje. El poema de amor quiere ser poema de amor y sabemos que en la poesía nada es lo que dice ser. 

 

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Cuando creemos que la poesía es un fin y el poema el fin de un proceso estamos en el siglo XVII, pues justamente no es eso, por el contrario, es un medio para pensar, discutir, reflexionar, transformar y transformarse que es lo que internet, y el sistema global, no quiere que hagamos. La poesía nos obliga a ser distintos en cada momento que escribimos, pero en el transcurso terminamos escribiendo lo que otros escribirían. La poesía creo fue un objeto cultural en un momento, luego una obra de arte y ahora se trata de operaciones poéticas, que pasan casi inadvertidas, sin bombo ni pastel. En ese terreno se está jugando la experimentación y algo que supere el narcisismo de los sentimientos de uno.

 

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Néstor Perlongher, hablábamos hoy con Juan Pablo Sutherland, es uno de los autores que este presente ha hecho renacer y nos insta a volver a sus pasos que ya fueron los de estos caminos que hoy creemos nuevos. El poeta como pensador y sobre todo “vividor” en todos los sentidos del término es algo que acá se ha perdido. La corrección y el lugar de los buenos es siempre aburrido y predecible. Las personas demasiado convencidas de lo que sea resultan al final del día peligrosas. Perlongher es una pregunta constante, una ampliación de los territorios que él mismo iba explorando. Su documental suma testimonios sobre su vida y de entre estos tornasoles una orla que deviene deseo se deja ver y no, su intermitencia, su fulgor es parte de una política de la desnudez que es siempre necesaria cuando queremos escuchar los cuerpos y no solo hablar por ellos. Retomando las lecturas de y sobre Perlongher. No hay que luchar por las identidades sino justamente liberarlas de las viejas luchas binarias de poder. Desestructurarlas en pedacitos de deseo y libertad que puedan instalarse en todos los espacios. Lo mismo hizo Néstor con la materia del lenguaje: separar los significantes y los significados para darle a ambos la energía del sentido. En ese movimiento hay una trampa para los que aún creen que leer es interpretar y en esa deriva se juegan otras posibilidades de hacer vibrar no a la poesía sino a las palabras que la traen de vuelta.

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Los neoconservadores de la poesía vienen con todo nuevamente, pero, sin duda, sus aliados son los más peligrosos. Traicionan lo que de verdad dicen amar. La poesía es siempre poesía, pero los poetas no son siempre poetas. Se reordena la heteronormatividad, se reordena el catolicismo, se reordena el canon, pero todo, absolutamente todo, sigue siendo absolutamente lo mismo. El poder jamás va a perder poder y su triunfo actual es que tiene más cómplices que nunca.

 

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Sobre el soneto me parece pertinente la discusión. Yo creo que el soneto por una parte tiene que ver con una flojera intelectual y sobre todo creativa, y por otra, se enuncia desde un lugar nada inocente. Hay cientos de formas métricas mucho más hermosas, más complejas, más interesantes, pero el soneto es el que tiene más poder, más tradición y más canon. Entonces quienes lo usan de algún modo tienen o desean un parentesco con dicho estatuto, esa genealogía de las formas validadas por los espacios de poder. Ciertamente, el otro día un amigo me hablaba del peruano Nicanor Della Rocca de Vergallo que ya en 1903 se mandó el sepelio del soneto y es uno de los precursores del verso libre. Para qué decir, el venezolano Simón Rodríguez que sigue siendo el primero hasta ahora entrado el siglo XXI. Mucho se habla de lo decolonial, pero ciertamente la poesía latinoamericana lo primero que hizo fue independizarse desde el lenguaje, desde esa armadura enhiesta que es la forma clásica y entre ellos el soneto. El modernismo fue su último suspiro y Parra le dio el tiro de gracia. En el momento actual, que se sigan haciendo y creyendo que es inofensivo, me parece sospechoso sin problematizarlo. No es solo una “bella forma” sino que una tecnología de dominación al aymará, al quichua, al mapudungún, al maya, etc. Los momentos altos del soneto y la métrica clásica son los momentos altos del autoritarismo y las ansias de poder del poder. Desde el Renacimiento y la conquista pasando por la colonia y el neoclasicismo monárquico del siglo XVIII hasta la dictadura donde personajes como Roque Esteban Scarpa ensalzaban el soneto para intentar desestabilizar las escrituras de vanguardia. Un sistema métrico es un sistema de pensamiento, sobre el lenguaje y por ende sobre la realidad. No hay evolución en la poesía en el sentido de que los actuales no somos mejores ni peores que los que nos preceden, pero sí la hay en el uso político y la conciencia que tenemos del lenguaje. Para la rima, creo que el hip hop y el folklore, es decir la calle y el pueblo, son más potentes e interesantes que las formas clásicas, ya sean españolas, francesas, antes italianas e incluso a las contemporáneas. La rima y la métrica siempre fueron parte de la música, la poesía pidió prestado un elemento que debió devolver hace por lo menos un par de siglos con la popularización de la imprenta. Ahora que vivimos un proceso parecido con internet, el único soneto que me interesaría podría ser uno hecho con emojis. Las lenguas tienen historia y la poesía justamente es para nosotros esa historia.

 

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El otro día hablaba con unos amigos sobre el cisma entre la poesía de la claridad y el barroco. Como en su tensión se resumen dos lugares de enunciación ante ese nimio detalle entre el pensamiento y el lenguaje que es el mundo. Por una parte, hacer ver lo que se cree se está viendo y por otra, dar cuenta de la simulación que es la realidad mediante la simulación del propio lenguaje. En ambas hay, sin duda, cuotas de honestidad, pero también de ingenuidad. La poesía no puede explicar a lo que llegará sin siquiera haber llegado. No se trata de tópicos sino de materiales con que está hecha. La claridad tiene y es un fin en sí mismo; el barroco es una constante mediación ante todo. El día y la noche. Verano e invierno. Apolo y Dionisio. Las respuestas de la luz y las preguntas en la oscuridad. Luego la conversación derivó a la sexualidad y el género. Ciertamente lo queer es una permanente pregunta sobre lo que creemos que creemos. No quiere definir ni menos visibilizar. Se complace en desnaturalizar, en desnormalizar lo que pensamos es un cuerpo y sus deseos. Lo queer tiende hacia lo ilícito que hay en ese pacto social del poder. Tanto en lo literario como en lo sexual hay una enorme escala de grises entre lo blanco y lo negro. Cada punto de vista es una línea de pensamiento y sobre todo un tono. Género literario y género sexual se tocan en el modo en cómo queremos ser leídos. No se trata solo de deseo. Ni siquiera creo que pase por ahí. El ser humano no puede explicarse la paradoja de su propia existencia y quiere creer que hay una verdad. Leer una verdad que sabe que no ha sido escrita por él. Una verdad a la que se pueda acceder sabiendo que hay otra a la que no. Esa verdad es el lenguaje puro, es la esencia misma de la palabra, el misterio en sí. Hemos creado una civilización en torno a la verdad: religión, filosofía, arte, ciencia, pero lo único que han hecho es ocultarla, acotarla, sepultarla bajo toneladas de fe en sí mismas. La verdad desnuda es imposible. Se acabaría la humanidad en una hora si los padres le dijeran a sus hijos lo que piensan de ellos, los empleados a sus jefes, las parejas a sus parejas. Todo caería para no volver. Ese es el miedo y el poder de la palabra. La lucha hoy de algunos es mantener la creencia en esa verdad; la de otros es destruirla. La literatura y el género se debaten entre estos límites, es decir, la luz de esa estrella que está muerta o el agujero negro que hermosamente nos devorará.

 

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