Introducción de "Un mar de piedras" (FCE, 2018) de Raúl Zurita. Edición de Héctor Hernández Montecinos

 



Para quien lee, el autor siempre está muerto. La distancia que los separa y los une es un luto. Su libro, esa cajita sellada, es donde reposan sus restos, es decir, su escritura. Sabemos lo que hay en el interior, pero no lo que sucede ni mucho menos el cómo. Esa pregunta, justamente, es la de la crítica, la crítica literaria, pero también la de quien ha podido exhumar esos restos y darles una nueva sepultura. Ya desde fines de los años sesenta, Barthes y Foucault en dos conocidos artículos profirieron en términos teóricos la exhumación del autor para moverlo de lugar, desde el narrador a lo narrado, desde el que ve al que es visto. En ese más allá del discurso, y ese más acá, es que podemos volver a pensar en la descomposición, el silencio e incluso la resurrección como parte de un imaginario literario, un itinerario común. ¿Cuál es el límite de una obra, su punto final, su transformación? No lo sé. Sea como sea, la muerte y su contraparte, es decir, los sueños son de algún modo una posible definición de la propia literatura.  

Este libro existía antes de que comenzara a trabajar en él hace más de dos años. Lo imaginaba en las noches sin dormir, en los anaqueles vacíos de bibliotecas imaginarias. Un libro que fue materializándose poco a poco como una sencilla suma de entrevistas de internet que se hizo cada vez más grande. No tenía otro afán que compartir ideas del poeta en mis talleres o con amigos. Incluso, casi a manera de broma se lo ofrecí una vez como un regalo de cumpleaños a Raúl. A no mucho andar me fui dando cuenta de que entre las primeras entrevistas y las que iba sumando había una continuidad, un tono, una lógica más allá de los distintos periodistas, reporteros, editores y redactores de las 300 entrevistas en diarios y revistas (no en libros, radio, televisión o conferencias) que cubre este trabajo.

Era más que una voz, se trataba de una convicción, una intuición coherente y única, que sorteaba el descalabro sintáctico habitual en los medios, la reiteración durante décadas de las mismas preguntas o peor aún, su impronta sensacionalista y ciertamente banal. Algo así como una máquina de pensamiento previa a las propias entrevistas, paralela a la creación y a la vida misma del poeta, es decir, una poética total y sobre todo visionaria. Tanto así que si uno no supiera que en una misma página de este libro puede haber entradas escritas en 1980, 1996, 2009 o del mes pasado, esto es, un marco de tiempo de casi cuarenta años, perfectamente podría creerse que es una larga entrevista que se hizo el domingo en la mañana. Un estilo fiel a sí mismo, pero no por eso endogámico ni mucho menos narcisista.

Aquí hay algo, me dije, pero: ¿qué? No fue al final una mera compilación, aunque tampoco es una biografía, por más que sea el itinerario desde un bisabuelo que arribó a Chile al término del siglo XIX por la fiebre del salitre hasta sus más recientes proyectos como el poema-instalación en la India o los libros que se anuncian por venir. Tampoco es una autobiografía en el sentido exacto del término, a pesar de que todo lo escrito de aquí en adelante sea de mano de Raúl Zurita. Poco a poco el libro se me iba revelando de manera casi insólita: primero las tres partes y luego sus tres capítulos y subcapítulos respectivos. Era obvia la armazón que tenía. No la inventé, la encontré. Iban calzando las entradas automáticamente en las diferentes ramas argumentales, y lo más asombroso es que cuando me parecía que faltaba información o profundizar en una idea o un texto que conectara con el siguiente, al poco tiempo aparecía.

No era solo tener todo el material en la cabeza, sino que además para el reto del montaje debía pensar, emocionarme, indignarme e incluso reaccionar como lo hubiese hecho el poeta. Una literal performance de escritura. Es tan extraordinario el alcance de su visión que varias veces llegué a pensar que Raúl a lo largo de estas décadas se encargó secretamente de redactar una obra análoga a sus trabajos más conocidos. Una mirada única que desde las primeras entrevistas hasta más o menos 1986 propone sin descanso su escatología poética presente en Purgatorio y Anteparaíso: hacer de la vida una obra de arte. Luego viene su acercamiento al mundo mapuche y el entorno natural del sur de Chile y los paisajes, que cubre hasta cerca de 1990, como él dice, cuando estaba ya casi todo escrito. La primera mitad de los años noventa abarca el proceso de creación de La vida Nueva hasta su retorno de Italia como agregado cultural; la segunda, es una lectura del Chile de la transición y sus vicios políticos, económicos y sociales. El siglo XX se inicia para él con las polémicas por el Premio Nacional de Literatura y seguirán por la antología Cantares, nuevas voces de la poesía chilena que se publica en 2004. Un poco más tarde ya comienza a hablar del Parkinson que lo aqueja y que lo acompaña asta esta reciente década como una antesala a su obra homónima Zurita, para cerrar con el último proyecto que es la iluminación paulatina de 22 frases sobre los acantilados del norte de Chile y que empieza con: “Verás un mar de piedras”, desde donde he extraído el título de este libro.

Lo que sigue es ya su consagración internacional no solo por los doctorados honoris causa que ha recibido o los recientes premios iberoamericanos Pablo Neruda y José Donoso, ni por los congresos que se suscitan en torno a su obra en Europa y Estados Unidos. Tampoco por las innumerables publicaciones y traducciones de sus libros ni por las invitaciones que se le hacen a festivales y encuentros literarios en todo el mundo, sino por algo mucho más cabal y ciertamente revelador: el hecho de que su poética se haya convertido en una sensibilidad para este nuevo siglo. De allí, el repaso novedoso de la historia y la poesía de Chile desde Alonso de Ercilla, pasando por Pablo Neruda, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Juan Luis Martínez, Diego Maquieira o Roberto Bolaño, su fascinación por grandes clásicos universales como Homero, Sófocles, Dante y Shakespeare, o su diálogo con autores latinoamericanos como César Vallejo, Ernesto Cardenal o Jorge Luis Borges, sin olvidar en ningún momento su origen, a esas dos mujeres italianas que llegaron a mediados de los años treinta al país, la pobreza, sus primeras lecturas en un liceo estatal, su formación como ingeniero en Valparaíso y lo que será el momento que lo marca para siempre: el golpe de Estado de 1973. Las entradas fueron recogidas principalmente de la prensa de Chile, aunque hay algunas pocas que consideré relevantes del resto de Latinoamérica y España. Al no estar fechadas se pierde el carácter casi profético de muchas de ellas, en especial con respecto a prácticas económicas como el curso del neoliberalismo, procesos políticos o apuestas literarias como el mismísimo Nobel a Bob Dylan que Raúl prefiguró hace más de una década. También quizá no sea tan evidente el sentido del humor y la ironía en varias partes del libro, ya que decidí no incluir la anotación de “(risas)” que el o la periodista agregaba al comienzo o final de alguna declaración. No por eso el libro pierde contingencia, sino que al revés, gana en esa actualidad ampliada que poseen las grandes obras.

Mis estudios doctorales tienen que ver con escritura documental, autobiografía y archivo, por un lado; por el otro, con visualidad, intervención y crítica de arte. La poética total de Zurita es lo que une todo lo anterior. De allí podría tentar varias ideas e hipótesis, pero no es el momento ahora como tampoco lo fue en Verás (2016), la muestra de poesía, ensayo, narrativa, traducciones, material visual e inéditos cuya edición, selección y prólogo se me encargó. Lo que aquí importa es la palabra del poeta, su pensamiento profundo, adentrarnos en su ética, sus sueños y desilusiones, su pasión única y algunas veces su encono contra las injusticias, del lado que sean. Leer el libro es abrazar al poeta, por más que desde Whitman, como él mismo señala, sea un imposible. Debo agregar por ello que este trabajo no lo decidió él, ni me lo pidió, ni siquiera me dio indicaciones al respecto de ningún tipo. La única decisión en conjunto fue el cambio del título original que yo había pensado, “El Mein Kampf de Raúl Zurita”, ya que exterminaba más que hacer florecer las ideas que aquí se contienen.

En términos prácticos debo señalar que una buena parte de las entrevistas las pude obtener en la sección de Referencias Críticas, de la Biblioteca Nacional de Chile, de páginas de internet de diversos medios de prensa, o del Proyecto Patrimonio, y en algunos casos de amigos que conociendo mi investigación me hicieron llegar material, tanto de ellos como datos donde seguir rastreando. A todos, muchas gracias. También a quienes me ayudaron con las transcripciones: Christopher Vargas, Roberto Ibáñez y Vanessa Martínez, pero sobre todo a Esaú Hernández y Carlos Ramírez Vuelvas por permitirme concluir la edición del libro en la tranquilidad y belleza de Comala, México.

Corregí la puntuación, erratas como por ejemplo de nombres o fechas que no correspondían, cambié de lugar en un par de ocasiones el orden de la frase para que se entendiera el contexto, pero nada más. Lo típico y hasta cursi sería decir que todos los aciertos son de Raúl Zurita y los posibles errores, o malentendidos, son de mi responsabilidad, pero en este caso es completamente así. En cuanto al final es más bien una selección de tres preguntas cortas aparecidas entre las cientos de entrevistas y que de algún modo no sé si resumen toda la obra, pero son puntales para intentar comprender un designio.

Para concluir, agradezco a Julio Sau, gerente del Fondo de Cultura Económica Chile, por darle un hogar al libro, y sin duda, a Raúl Zurita, quien no cierra, sino que abre una nueva etapa, un nuevo mundo, un nuevo siglo.

 

Noviembre de 2017

 

 



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