LUZ AZUL. Sobre El falso teclado (Personaje Secundario, 2026) de Blanca Varela
En el mundo de la literatura suele haber una fascinación con el primer
libro, pero también con el último. Algo hay allí en cada uno de ellos que
sintetiza de manera radical todo lo que está en medio. En aquel donde todo
comienza, cada letra es la primera por lo cual crea un alfabeto posible para
las otras que le siguen, las otras que le buscarán para susurrar neologismos imposibles,
nuevos dialectos, piedras y palitos de idiomas que tendrán que inventar a
quienes les den voz.
No hay lenguaje fuera del lenguaje por lo cual el único
modo de salir de él es a través de él que es lo que hace la poesía como
paradoja de la palabra “paradoja”. Nada se repite en la escritura por más que ese
vocablo aparezca ocho veces seguidas, ya sea en ocho versos o en ocho libros.
Cada uno de ellos es otro, diferente, incluso contrario a ese que comenzó y es
el modo en que este arte tiene que ver más bien en cómo se lee que cómo se
escribe. Leer no esas letras, esas palabras, esos signos sino las casas a
oscuras donde quien escribe y quien lee no saben quiénes es quien ni qué han
dejado de ser.
Insisto en una idea de “literatura negativa” tal como
existe una teología negativa, apofática, que en su límite de enunciación solo
puede afirmar su contrario, cruzar la línea que separa lo verdadero de lo
falso, la simulación y la realidad, el mundo de los muertos y los vivos. Esa
infracción es el poema que nada afirma sino que es pura negación. Todos los
poemas son de noche por más que un reflector del tamaño del sol le haga creer a
los incautos que es de día. Esa potencia invertida del lenguaje es donde poesía
y mística entienden que la luz no es el significado sino lo que no podemos
nombrar, no logramos ver, no alcanzamos a explicar.
Es donde Blanca Varela llega en su último libro, El
falso teclado, fechado el año 2000, pero que invierte para volver a mirar
hacia atrás y leer todo de nuevo en ese camino inverso del universal
lingüístico a la primera sílaba, la entonación fundacional que no comienza en
lo humano sino en la pulsión de todas las formas de vida que le preceden como
especie. Lo dice ella misma en los últimos versos del último poema del volumen:
“sólo en el reino animal/ hay ejemplos de tal comportamiento/ cambiar el paso/
acercarse/ y oler lo ya vivido/ y dar la vuelta/ sencillamente/ dar la vuelta”.
Son las marcas en las fibras vegetales que leemos del color del amanecer, los
paisajes donde solo se ven contornos de alfabetos escritos con los cinco
sentidos, los universos subatónicos donde un acento es energía y cada
significado onda y partícula.
En el libro, la figura de la luz es la que entrega las
coordenadas no para ver sino para acentuar los bordes y límites entre los
cuerpos y la piel, lo visible y el cielo nocturno con la luna y las estrellas.
Se trata de pequeñas escenas donde la materia entra en juego con lo que se
puede ver y lo que no. En esa intermitencia de las cosas y las palabras aparece
una poética a contraluz que nos obliga a separar leer y ver, pero también ver y
recordar. Lo dice la poeta en los primeros versos del primer poema del libro: “es fría la luz de la memoria/ lo
apenas entrevisto brilla con insistencia”. Lucidez acá tiene ese doble registro
de ver más allá de lo visible, pero también de dejar de ver la simulación que
proyectan las propias palabras, desconfiar de la alucinación de la continuidad,
tanto de lo que es una vida entera como de un libro o de un verso.
La metáfora del umbral después de la
muerte es seguir la luz, pero la poeta invierte el complejo de Orfeo y regresa
a la oscuridad que es la luz natural del lenguaje. En ese gesto, distancia y
duración no tienen significado por lo que el lector/observador gira el rostro
junto a la voz que lo ve y escucha hacia atrás: “algo
inclinado sobre su sombra/ se va se escapa con la luz” (Concierto animal, 1999);
“la farsa diaria desaparece tras una mano/ que enciende y apaga a voluntad/ su
propia luz” (Ejercicios materiales, 1993); “Lado de sombra, la memoria
crece y se devora, y la luz está cerrada y vacía como un estuche inútil donde
alguna vez algo brilló hasta consumirse” (El libro de barro, 1993), “cuál
es la luz/ cuál la sombra” (Canto villano, 1978), “miente la nube/ la
luz miente/ los ojos/ los engañados de siempre/ no se cansan de tanta fábula” (Valses
y otras falsas confesiones, 1972), “Primero se verán sombras y, con suerte,
uno que otro destello; presentimiento de luz, para llamarlo con mayor propiedad”
(Luz de día, 1963), “Vamos, la luz cambia/ la luz y el viento nos
esperan creciendo. Es hacia la noche donde vamos” (Ese puerto existe,
1959).
En
definitiva, El falso teclado opera como la última lectura para volver a
todo lo primero, es decir, cincuenta años de escritura en el centenario de
Blanca Varela que por lo demás coincide con el llamado “año de la vanguardia
peruana”. En este contexto, la inclusión de manuscritos, borradores, bocetos de
los poemas permite asomarnos a cómo una obra se lee a sí misma, la propia
conciencia de la escritura, en la que el lector/observador crea la continuidad
o el corte de palabras, imágenes, señales, letras, signos en ese “falso
teclado” de una máquina de escribir porque, justamente, lo que se nos dice y
silencia es que nunca se trató de la literatura y ni siquiera de la escritura
sino de esos recuerdos que son los poemas para que todo lo que ya acabó tenga ocho
minutos más.
Lo
dice la poeta: “el poema es mi cuerpo” y ante la muerte ambos, poema y cuerpo,
entienden el tiempo como un sucediendo todo a la vez a través de la intermitencia
que es la propia vida. De allí, el dialogo con Simone Weil y José Ángel
Valente, pero también con Octavio Paz y Gertrude Stein. El gesto vanguardista,
de igual modo, de Blanca Varela es entender que el poema es un medio para otra
cosa y no un final y es en esta constelación donde ese puerto celeste no es de
este mundo ni del otro sino de quien entiende que entrando en el abismo del
lenguaje, que en su obra tiene la metáfora del mar y el océano, es donde
universo, palabra y vida son una misma idea expresada en la paradoja de la luz
que es ese umbral donde El falso teclado nos deja para llegar al primer
poema de su primer libro donde nos advierte: “voy de la noche hacia la noche
honda”.
Ese
retorno, es la poesía.

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