Fin de Contra el amanecer (RIL, 2025): el último autobiográfico
Martes, 12 de
agosto [2025].
Llevo cerca de doce
horas en lo que es la última revisión de Contra el amanecer. En la
primera diagramación que se hizo del libro quedó en 650 páginas lo que es
mucho. Tuve que cortar y rearmar. Se desarmó un poco la estructura inicial y
volví al orden previo que era partir por México y seguir hasta Chile y terminar
en España. Una caravana y media. Quería corregir las comas para que calzaran
con la respiración como si fuera un poema, pero es demasiado para Mallo que
finalmente es el que tiene que hacer todas estas últimas correcciones que ya
son cerca de trescientas. Él y Eleonora son los que le han puesto al libro el
corazón que yo perdí. Siento igual que con Buenas noches luciérnagas una
suerte de arrepentimiento de publicarlo, las ganas de desistir, de dejar todo
hasta acá. Raúl me dice que lo que va leyendo le encanta, desde el título a lo
escrito por mí como si fuera un otro yo. Es un libro no concluido, le sobra vida,
pero le falta tiempo, no sé. Con Pipo ya no hablamos y me temo que con él se
acaba algo que aún no dimensiono. Finalmente, la literatura le ganó a la vida y
todos nuestros errores quedan convertidos en metáforas de otras vidas que no
conocemos, de un mundo en guerra por amor, de un silencio que es lo que llevo
años buscando aunque creo que lo encontré y no es hermoso. En un par de semanas
salgo a Bogotá y en poco más de un mes a Lima. En fin. En unas horas amanece.
Jueves, 21 de
agosto.
Hace unos seis o
siete años Amanda (†) me escribió desde México para decirme que había conocido
al más formidable e increíble de los jóvenes poetas de Latinoamérica. Le habló
de mí y él me escribió. Desde aquel día hasta la madrugada de hoy no hubo por
lo menos un mes que no conversáramos de la poesía con Ignacio con tanta pasión
y fervor que en momentos en que yo flaqueaba él me dio el ánimo y regresé
porque confiaba en mí quizá como nadie. Me contó con amor de Fadir y Carlos, de
Alfonso Chase, de sus amigos también jóvenes poetas. Gracias a él conocí la
poesía de Costa Rica porque no había vez que no habláramos de eso que une el
mundo de los vivos y el de los muertos, el de las palabras que nacen en el
mundo y siguen su rumbo hacia el universo que tantas veces imaginamos juntos.
Soñamos años con conocernos en persona y cuando ocurrió en San José explotamos
de poesía como los agujeros negros que somos los dos, pero desde ahí nuestra
materia oscura quedó unida para siempre. Creo que no he querido a un poeta como
quiero a Ignacio y como lo querré desde ahora que me puede susurrar al oído
cómo era realmente el cosmos allá donde la luz también habla con él. Intento
darle palabras a un dolor tan inmenso que creo no se pasará en mucho. Los
jóvenes poetas no deben morir. Ningún poeta debe morir por más que quiera
cambiar de casa que es abandonar el corazón de acá por el de allá. Pasaba a
Ignacio todos los años en mi curso en la universidad y siempre provocaba
fascinación el escuchar a un muchacho siendo hablado por la poesía. Antes de
ayer me contaba que estaba en México y hoy en la madrugada me mandó su último
libro y me preguntaba si estaba despierto. No lo estaba ni lo estaré por el
tiempo que dure este duelo. No puedo estar despierto si tú estás en el otro
sueño. Se despidió de mí y acabó diciéndome: “La noche está despejada”. Lo leí
y quise como posiblemente no he leído ni he querido a nadie. Me vi en él y él
en mí. Éramos un mismo poeta en dos tiempos distintos, lo somos ahora más que
nunca. Por eso es tan grande la pena y el vacío que siento porque sin poder
hablarnos nuevamente, la poesía me parecerá más sorda de lo que ya me era. El
amor de los poetas es algo extraño y bello que a veces se parece al mundo.
Soñamos en vernos acá en Chile, intentamos reunirnos en Colombia, ir juntos a
México, pero él fue ahora y ya no volverá a casa. Su viaje es hacia otra
parte donde los poemas se parecen a lo que quedó fuera de ellos. Ese es el
triunfo doloroso de quien nos deja más solos y tristes. Nos debemos una vida y
media, Ignacio. Hasta ahora eres la única persona con la que me quiero
encontrar en lo que se parezca al más allá. Contigo muere la fe que tenías en
mí que es la que yo quise tener conmigo mismo pero ahora ya no tiene sentido.
Le devolviste dignidad, delirio y belleza a un arte que termina también en las
palabras que ya les dirás a otros poetas en los otros mundos que son los sueños
que uno tuvo aquí. Ignacio Aru, amado poeta. Mi hijo, mi hermano, mi padre. Que
el destino nos junte en los fotones que seremos en el final de este universo.
Allí nos volveremos a abrazar y esa pequeña eternidad es la única ilusión que
siento en esta primera noche sin ti en que me duermo con infinito dolor
esperando a que esos fotones nos miren desde ese futuro y también nos abracen
como quisiera hacerlo ahora. Ignacio, esta noche no está despejada porque desde
ahora tú estarás allí para siempre.
Martes, 26 de
agosto.
Este debiera ser un
momento feliz, el de recibir el libro en el que están los últimos 15 años de
esta vida y que es creo lo mejor que he escrito hasta ahora. Contra el
amanecer es un libro terrible, feroz, pero tierno y con ganas de ser
abrazado. Días antes de lo que sucedió con Ignacio habíamos coordinado con
Fadir vernos este domingo en Bogotá donde ambos coincidiremos. La sorpresa que
le quería dar a Ignacio era mandarle un ejemplar porque le fui contando cómo se
fue construyendo y donde él aparece mencionado como uno de los brillantes
jóvenes poetas vivos de Latinoamérica. Ya es tarde, todo es tarde desde este
jueves. Luego de estos ejemplares que llevaré a Colombia y Perú, se hará una
segunda reimpresión con el homenaje que ahora tendrá Ignacio como poeta en los
infinitos universos. El libro es el viaje desde mi vida mexicana con los Poetas
Salvajes cruzando toda Latinoamérica hasta volver al Chile del estallido y la
pandemia desde donde escribí un diario de vida día a día implacable y atroz. De
ahí, se parte a España y termina con lo que fue el encuentro Siglo de oro de la
poesía latinoamericana en octubre de 2022. En sí, se trata de la guerra de los
lenguajes contra la lengua del idioma. Una guerra por el amor y la poesía, una
guerra entre un yo y un otro yo. Era un libro de muertos antes de lo de
Ignacio, pero ahora espero este sea su final. Si no fuera por ellos ni siquiera
sabríamos que estamos vivos. La poesía es lo que une ambos mundos y las
palabras nuestras son las que no pudieron decir los muertos. Este domingo en
Bogotá con Fadir iba a ser un día feliz. Ya no lo será. O sí, porque amamos a Ignacio
como él también nos amó y eso es la felicidad.
Aeropuerto Arturo
Merino Benítez, domingo, 31 de agosto.
Este mes ha sido
posiblemente uno de los peores de mi vida. El mismo jueves que ocurrió lo de
Ignacio, Raúl sufrió un ACV y hubo que operarlo de urgencia. Me lo confirmó
Paulina al día siguiente y fue demoledor aunque también me decía que todo ha
progresado bien dentro de la complejidad del cuadro y ya se recupera. Mi
hermana me contó la semana pasada que a mi padre lo mandaron a casa desde el
hospital y me preguntó si ya me despedí de él. Ayer le marqué, pero no me pude
comunicar. Ahora que estoy en un frío aeropuerto en la madrugada sigo pensando
en Ignacio. Su madre me ha llamado estos últimos días y junto a su hermano
Alonzo, gracias al apoyo de Carmen Nozal, pudieron llevarlo de regreso a casa
lo que fue muy difícil y doloroso. En este momento se está realizando su
ceremonia fúnebre y posiblemente cuando aterrice en Bogotá él ya habrá sido
sepultado. No había sentido una pena así, la sensación de un vacío físico,
interno, una gravedad extra de la Tierra. El martes en el Festival tengo que
decir unas palabras en un homenaje a Carmen, Malú y Amanda, y el miércoles
pasado hubo uno a Stella y me quebré también porque aparecen los recuerdos
juntos, con Antonio, con Pedro. Todos los muertos en una misma muerte. Algo de
la poesía se completa en ella y algo de la muerte necesita a la poesía porque
en este arte todas las palabras son las últimas. Tanto quise y quiero a todas
estas personas que la muerte es en conclusión desde donde comenzamos a hablar
de verdad. Creo que este es el final del libro y el silencio que tanto buscaba
parece que era seguir hablando con lo que no está aquí desde una lengua que
tiene más cercanía con los fotones y las estrellas que con los ruidos humanos
que nos rodean. Ahora sí, en un par de horas sale el vuelo a Colombia, me miro
en el reflejo de la ventana escribiendo y me llevo a todos mis muertos en lo
que queda de corazón, efectivamente, contra el amanecer.
Aeropuerto Arturo Merino Benítez, domingo, 14 de septiembre.
Nuevamente a punto de subirme a un avión. Es en estos lugares donde algo acaba y algo empieza. Voy a Punta Arenas, Puerto Natales y quiero cruzar a Tierra del Fuego que es donde nació mi abuelo. Ir es también algo cercano a volver. El jueves fui a Quintero y me despedí de mi padre con un abrazo y una sonrisa de gratitud y paz. Vivos y muertos somos una aparición. ¿Qué es este libro que tiene más vida que yo y que no quiere acabarse?
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