Esa legión diabólica de ternura. Sobre Preferencias ajenas: lecturas críticas sobre literatura latinoamericana disidente contemporánea (Obvio, 2026) de RAGGS



Hemos entendido por mucho tiempo que leer es algo así como descifrar, develar, traer a este mundo lo que estaba en otro, en uno donde todo es posible menos leer a quien lee. Ese es el intento de toda obra que se pretenda contemporánea de sí, consciente, crítica, radical, pero suele no ser más que un deseo, una pulsión, una utopía que da cuenta de ese límite que hay entre las palabras y las cosas, entre el enunciado y la enunciación, entre quien escribió y quien susurra en voz baja página a página. No obstante, es esa distancia la que le da sentido a ciertos libros en que, justamente, sus lecturas están también leyendo algo de quien lee. Observando las manos que tocan ese libro, buscando la mirada, completando las frases que no se alcanzan a terminar. Hay allí una ternura que conmueve, que lleva a ese otro lugar donde lo hermoso no tenía palabras, sino que eran gestos, una caricia, una sonrisa. Se trata de libros que tienen puesto un disfraz de vaquero, de princesa, de doctor, de gatito y en esa fantasía siempre alucinante de ser otro hay un secreto que esas obras esconden y es donde nos descubrimos observados porque cada uno es ese secreto.

            Es lo que me sucede con Preferencias ajenas: lecturas sobre literatura latinoamericana disidente contemporánea de Rafael García-Godos, alias RAGGS. Sin duda, es posiblemente una de las pocas obras que lee el más estricto presente de las escrituras de la disidencia sexual en el continente, pero al mismo tiempo está escrito como si ese que está allá nos hablara al oído, sonriera y nos contara algo como si fuéramos su mejor amigo o amiga la primera vez que vamos a su casa. La radicalidad de lo trans y lo no binario, lo intempestivo del posporno, la fruición de la lucha antipatriarcal acá aparecen con cariño, hablando de ellas/os como si nos hubiésemos permitido bajar las armas, despejar la barricada, pero no como rendición sino celebrando por primera vez un triunfo porque eso es este libro, un triunfo. Por un lado, de quien lo soñó, lo fue escribiendo poco a poco y logró darle la unidad a su inaudito desfile de personajes, pero de igual modo, a cada una de esas vidas, esas obras, esas historias, esas noches que se salen de la literatura para convertirse en un nuevo recuerdo.

            Dentro de las fascinantes escenas, aventuras, diálogos, hay varias donde yo mismo estoy como un personaje más, por ejemplo, cuando dejamos a la Pepa, esa trava vagabunda, sin casa al llevarnos, sin saber que era de ella, su bolso de trabajo nocturno donde su peluca, relleno y maquillaje eran una vida completa más que las nuestras en ese momento. O cuando no sé por qué ni cómo estaba con el chico que me di el primer beso en mi vida afuera del hotel donde Rimbaud y Verlaine se balearon de amor y odio en Bruselas. O bailando con mis amigas peruanas siempre con ganas de joder, pero también de llorar. Y no lo menciono porque sea yo sino porque cada quien que lea este libro va a encontrarse también allí de alguna u otra forma y ese es el cariño, la verdadera complicidad, el profundo amor con que todas estas vidas en sus excentricidades, delirios, rabias e inconformidad son una sola noche en esta obra, la medianoche de un siglo que comenzó con una guerra y de donde no hemos podido salir, pero que la poesía en su estado de excepción radical ha logrado hacer hablar y es el ruido de fondo y el silencio que nos rodea. De allí, el canto, las canciones, los bailes, el “lip sync for your life” porque la life es ahora y ahora más que nunca, mariquita linda. 

            Dicho de otro modo, es un soundtrack alucinante de una serie de vidas y obras, cuerpos y corpus, como el NN que busca ser su propio otro en la novela-poema Piquero del chileno Pablo Fernández reeditada en Perú o su compatriota Gabriela Contreras que en su libro publicado en México Caguama. Escritos de una lesbiana gorda recorre geografías íntimas encontrando partes de las vidas que somos todos desde el lugar incómodo que no es solo un cuerpo para los que están muy cómodos sino el modo de decirles que esa es la batalla perdida del capital. Algo que también entiende el argentino Gael Policano Rossi que con su Machito cruza la espectacularidad del mercado sexual con su propia espectralidad haciendo del lenguaje el fantasma de la sociedad que lo vio nacer, que es lo que el cubano Andrés Asevís en Cosa negra hace con el Grindr como un radar de otras soledades multitudinarias de lo común como la música, la noche, los cuerpos y que acá son otras preguntas por las nuevas formas de amor y de vida.

Desde México, Alejandro Miravete en Tablero de diamantes trabaja estas preguntas desde las propias y la infancia es la primera de estas batallas ganadas al miedo, el silencio, la culpa que es desde donde toda radicalidad es también una ternura. Vraiux Dorós en Dark micro-soft también vuelve a un tiempo donde los videojuegos eran la vida sin saber que en esa metáfora está las más exacta verdad, pues lo real no es otra cosa que la simulación que habitamos y donde la literatura por fin puede ser sí misma que es lo que personifica el libro en todos los personajes que es él mismo. Tanto allí como en otro de sus alter ego que es Akira Moctezuma que escribe Lado b o sobre la luz que antecede al día. Por su parte, el guatemalteco Manuel Gabriel Tzoc Bucup en Constante huida lleva estas cuestiones a la materialidad no solo de un libro, sino que hace que la imagen también hable, cante, gima y de paso nos hace ver que toda la sociedad de consumo lo que quiere es que hablemos solos, cantemos solos, gimamos solos.

Edgar Solís y Roberto Condori Carita conforman el Movimiento Maricas Bolivia y esa maravillosa dupla allá en La Paz es una multitud por todas las intervenciones, acciones, expresiones que realizan como un llamado de atención no por la visibilidad sino para que todos/as se vean a sí mismos y es lo que está de fondo en Gay discreto busca hetero curioso como un mapa nocturno en la ciudad dentro de la luz de la propia civilización que, de igual modo, en Carne sin rostro  del también boliviano Ali Céspedes lleva a lo privado, la casa, la historia de cada silencio que no es otra cosa que todo lo que no vemos y que siempre es un lugar del lenguaje.

En este sentido, Masochistics (tratado cotidiano) de esa igual dupla que es César Antezana y Flavia Lima como esa misma vida pone en escena la única verdad de un cuerpo que es ser siempre más de uno, esa potencia exponencial, esa legión. Joan Villanueva en La trama artificial lleva esa idea de “legión” de demonios, cuya referencia es bíblica, a preguntarse por lo político de lo popular, la brujería, las artes oscuras que no son otra cosa que conocimiento, ciencia y lenguaje desde el lugar incómodo de Occidente tal como Juan Pablo Vargas Rollano en Anancias espirituales cuestiona lo sacrílego y la profanación como una forma de verdad revelada, de espiritualidad del cuerpo, que es finalmente cuando lo extraordinario y lo común se hacen uno.

Desde Perú, la Alda Bernaola Fernández en La marikona del pueblo tiene un corazón que se dilata y engulle los otros corazones también rotos y crea un pueblo sentimental a través de sus relatos o Gia Lujuria que en Lucifer y los 7 8 pecados capitales nos advierte que la tristeza es este octavo pecado no como una condena sino como una advertencia para que el infierno siga siendo una ética irrestricta sobre la voluntad y la libertad. Algo similar propone Brisa Fernández en Toda pinga viene con concha y Pachadildo porque hay que insistir en estas “artes de la existencia” desde los bordes del propio borde que es ya el lenguaje o Saló Tomoe Odar Jiménez que en Historia general del amor vuelve a un pasado de la lengua que es otro modo de que las lenguas pasen sobre los cuerpos en el presente de su propio deseo que es lo que Arturo Nicolás se pregunta en Las luces y las flores entendiendo el amor como la expresión del propio lenguaje hacia ese otro que es también un lenguaje y eso lo hace íntimo y político.

Sandra Díaz Santisteban, alias Anticuchx Polisha en Sunqu abre estos derroteros hacia una constelación de otras escrituras que también están cuestionando el concepto de vida, pero también dando forma a distintas derivas posibles de lo imposible, lo que también está en (A)post-illa/ “tras el rayo” o La Pacha es traka como las canciones, que según decía Mistral, son lo únicamente universal, pero esta vez dándole una escena en un no cuerpo y no lugar, o desde esa no pertenencia que es lo que José de la Peña en El año del fantasma trata desde la identidad, la clase, su propio tiempo que es lo que radicaliza desde el lenguaje K. Luy de Aliaga en La fiesta postergada desde las posibilidades de la palabra residir ya sea en un país, en sí mismo/a, en la invitación a una celebración que ya acabó que es siempre el poder con respecto a quienes lo cuestionan que es lo que hace este libro con infinito amor, tanto de las propias escrituras y, sin duda, de la lectura de RAGGS que encuentra en estas experiencias de vida, pasión y muerte una forma de decirnos que, en efecto, estamos en una misma fiesta que con más o menos luces, más o menos muertos, más o menos literatura, se trata del amanecer triunfal de una larga noche en donde todos los gatos eran blancos. 

Como decía al comienzo, hemos entendido que leer es develar, encender la luz de esta fiesta, pero no, es dejar que siga apagada y que cada uno/a brille con la propia y eso hace que todo festejo sea también una noche llena de estrellas como las que están aquí esta noche. Celebrar es la sobrevivencia celebrándose tal como la literatura es el lenguaje cantando consigo mismo. Algo comienza con este libro, pero también algo termina. Será desde un futuro siempre en guerra que las nuevas lecturas de algo que aún no aparece también podrán invitar a bailar con este mismo cariño y esta misma pasión a esta legión diabólica de ternura y las que vendrán porque ese es el secreto en esta lucha a muerte por no morir.

 Librería de Lima, 1 de agosto, 2026.

 

 

 


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