TEORÍA DEL ARTE PROLETARIO (1942) de Pablo de Rokha

 


Prólogo a Morfología del espanto (Santiago: Editorial Multitud, 1942).

 

 

 Enfrentados a la naturaleza y al hombre interno, al gran enigma que plantea la existencia, peleando entre el ser y el no ser, su verificación dialéctica, a la sombra tremenda y sobrenatural de los símbolos, contestamos en este lenguaje, en el cual la eternidad relampaguea.

¿Anhelaríamos espantar los monstruos y los fantasmas, hablando la lengua tremenda de los monstruos y los fantasmas? No. Como los monstruos y los fantasmas son lenguaje, lenguaje que se azota y se destaca y se derrumba, entre eclipses y puñales, contra las águilas, este lenguaje no es el lenguaje de ellos, sino que ellos son este lenguaje (porque todo gran lenguaje es fantasmal y monstruoso, cuando no sugiere, sino que contiene y ES las cosas). He ahí, entonces, que nosotros los guerreros y los matemáticos y los verdugos del arte, le estamos ya tocando las entrañas a la Poesía, al formular, dormidos, los términos del enorme e insobornable dilema de nuestro delirio, que es nuestro destino y nuestra gran alcurnia de jornaleros amarillos y aterrados de lo maravilloso.

En aquel instante, de frecuencia tan siniestra, en el cual agoniza la substancia, emergiendo de lo inorgánico y la destrucción nueva y recia, la flor de lo podrido, irrumpe la máquina mágica del poema, báquica y trágica.

Todo el caos se precipita hacia las hachas de su garganta; rugen los toros, los cadáveres, los sapos y las culebras viudas, en la ceniza ardida del instinto, adentro de quien hay una araña, creciendo de la descomposición y un mar-océano degollado, mostrando el espinazo a las sabandijas, que sonríen, en actitud de estatuas; los antepasados echan frío y humo entre sus tinieblas.

Así presenta su frente el canto a la cuchilla del sol, el que le escupe una cruz negra e inmortal entre los bíceps.

¿Escribo lo enigmático? Precisamente. Lo enigmático se produce aquí, como un régimen, en virtud de la claridad que estalla el fenómeno estético, de su luz imperial y matemática, de aquel orden peligrosísimo que devino mito divino, liturgia e himno o cábala trágica, abracadabra y mundo, orden del desorden, orden dramáticamente dramático, como expresión de lo dramático. No buscamos el horror, lo espantoso resulta de la arquitectura verbal de esta vieja pirámide, que estamos creando, en este instante. Establecidos en el vértice del estallido universal, dirigido por nosotros, en donde reside el espíritu, la atmósfera crucial, estelar, total de lo existente, la dinámica de lo agónico, cogemos los cabellos del rayo nupcial, en los siglos mínimos, en que la vida pare, muere nace e impone su poder impávido, echando a rodar cabelleras de vírgenes, por inmensos ríos de pus, rajando vientres de flores con dentaduras espantosas, que pertenecen a animales muertos en aquellos tiempos, hollando bellos e inmarcesibles cuerpos de mujeres idolatradas. De tal manera, lo extraño divide lo humano, invadiéndolo, asistimos al paraíso de los vestigios o los endriagos, y la ruina es equivalente a la criatura recién nacida.

Estamos, ahora, entrando a otro mundo, al mundo en el cual la antigua geografía del mundo, flamea como una escoba nacional, en los funerales del miserable.

Entonces, aquí, ¿por qué pedir la luz de la naturaleza, si la luz de la naturaleza alumbra, únicamente, en la naturaleza? Los rebuznos sublimes como talones, en los que se expresa la conciencia, no os servirán para definir lo indefinible, como le sirven, por ejemplo, los cuernos al profesor de filosofía. Además, rechazad lo inefable por lo inefable y la hechicería, pero, ¡cuidado con los gazapos!

La buena fe de la montaña deshabitada, no le inhibe para parir un león de sangre, arrojándolo, desde las entrañas de las palabras, contra las murallas del objeto artístico, dominador del objeto religioso-filosófico.

Pero, si una imagen huye, entonces, como una joven vaca, a la cual va a violar un sacerdote de Jesucristo, yo le echó una gran lanzada a la garganta y la someto a la organización estética, porque no es bueno que nadie camine solo en la sociedad de las metáforas. Pues todo deriva del método, es decir, de la unidad del método y sus finalidades, tronchando los obstáculos. De lo que se desprende, que fondo y forma son lo mismo, y cuando el núcleo crece y crece el volumen, los mostos revientan los zunchos, estableciéndose aquella feliz cintura de espumas, que es la satisfacción completa. Cuando creamos, todo lo sabemos, como cuando lloramos. Solamente que la sabiduría del vaticinio, la voz popular de los bardos, no adivina, EVIDENCIA, no profetiza, ESTRUCTURA los mundos amados del gran génesis, no creando afuera, ES, es lo creado, la inmortalidad de lo creado, y el hálito sobrenatural que le imprimen las rugientes masas sociales, aclamándolo en las cocinerías y en los lechos gozosos de los vendimiadores.

Como el mundo todo es el hombre y las relaciones del hombre, los cantos son lo humano extrapotente, gritando en el relampagueo de las hachas usadas y el castigo social, el advenimiento de la maternidad inmortal, redimiendo al irredento.

Nosotros os entregamos la verdad, no como animal maneado de matadero, sino como un estadio vital, como un país superior de signos, adentro del cual, halláis la verdad, porque está la verdad, porque es la verdad, desde el momento en el que vuestra planta, troncha la cabeza de sus héroes muertos, en todas las batallas de la tierra. Quien toma contacto con nuestra gran negrura, se transforma en definitivamente iluminador sol eterno. Por lo tanto, no es posible pedir al cantador que cante, si todos ignoran cuando está callado y afirman que está llorando, cuando está pensando que los cantos no son pensados.

Nada es arbitrario, todo es regulado en las comunas del arte.

Un orden tremendo domina sus fronteras, en donde resurge el inconsciente, trayendo en su hocico feroz, el sentido de la vida. Pero, a tal escala de valores, solo responde un abecedario, que entienden quienes abandonaron el entendimiento, a la entrada de los abismos subterráneos, alumbrando los espantos escalonados, con un incendio de veneno: la intuición, bestia del pantano boreal, vestida de paloma. Es definitivamente inútil, pretender comprender, abrazar, entender el cuerpo del canto con la razón humana. Como todas las cosas se definen por su utilización, y los fenómenos estéticos solo sirven para SER el universo, en cada minuto de sus pirámides, aquel que persigue usar el arte, usufructuando su grande misterio, como usa el hierro y usa las máquinas y usa el fuego, o, simplemente, el fusil invernal de su desesperación, se aterrará, como quien, al ir a agarrar un huevo, agarra un sapo, que le saluda, atentamente, como cualquier difunto bien educado, exclamando: “Señor, ¿es usted su sombra?” Porque, ¡ay! de quien no fue azotado y crucificado y calumniado en su memoria siete veces siete y sufrió martirio y escarnio, y entendió lo heroico, por haber estado cantando, desollado vivo, en la sal quemante de todos los desiertos, mientras la luna sangraba su palidez azul de culebra mal comprendida, ¡ay de aquel!, digo, ¡ay de aquel que presume el gran menester y oficio del creador, para colmar la vida superflua! No, pantanosos mercaderes de lo divino, no, sudorosos comerciantes, que engendráis, entre pitanza y pitanza, el monstruo de lo roñoso, en lo roñoso, como quien se traga la propia saliva, para no ir a buscar agua a la montaña santa, no, animales de despreciable costumbre municipal, olvidaos de nosotros, por vosotros mismos, y huid de los mártires  y de los héroes, de los héroes y los mártires de la literatura, si no queréis regresar a vuestros pesebres, suciamente burgueses, con él corazón carbonizado por LA POESÍA. Sí, porque, nunca, nadie regresó de ella, si no se suicidó primero, como animal urbano. Y, únicamente, herido y escarnecido, sobre las más altas montañas, se escribieron los acentos incomparables de los inmortales de Dios, de los esenciales de la sociedad, porque son los pueblos hablando, no, clamando, no por la misericordia y el perdón criminal, sino por la justicia insobornada y terrible.

Aquellos que afirman que manejan una pluma y son poetas, si son poetas se equivocan: empuñan la gran espada de fuego del arcángel paradisíaco, la gran cuchilla del fundador de ciudades y de naciones y del descubridor y conquistador de océanos, la gran hacha sagrada del pirata, coronada de calaveras e inmensas cosechas tremendas.

Solo, únicamente, somos escritores, expresadores, creadores de la belleza total; pero la belleza es la verdad, la única verdad, la verdad total, la última verdad, la belleza es la verdad de todas las verdades, mas la verdad de la belleza, es la verdad social y la verdad moral del mundo; por lo tanto, quien escribe sirve al pueblo, porque escribe, cuando la escritura es la epopeya del individuo. Solo, únicamente, somos escritores, es decir, pueblo en trance de expresión, pueblo en armas, pueblo que talla y levanta y clava su corazón entre los hechos eternos, condicionando la historia. No estamos al servicio del pueblo, porque somos el pueblo, el pueblo que ruge, clamante, contra el azote del explotador imperialista, como un león de dolor, montado por esclavos, estremeciéndose en las mismas vísceras del universo, con rugido desesperado de planeta que se escombra.

No queremos lo inteligible, queremos lo intuible por lo intuible, no queremos los fenómenos mentales o intelectuales o conceptuales, queremos los fenómenos intuitivos, INTUITIVOS, no intelectivos, queremos el arte por el hombre, en función de la sociedad ardiendo.

Todo gran poema de todo gran poeta es claro, porque lo oscuro es lo irrealizado; pero es claro, con relación a su organización técnica, con relación a su espíritu, como es claro un toro, un volcán, un niño, una gran cosecha de granos: ¿entendéis la Gran Muralla China? Yo no escribo para que me comprendáis, escribo para comprenderme, y, comprendiéndome, me defiendo de quienes pretenden comprenderme. Arrodillaos y entrad adentro de la catedral del poema, si sois capaces de respirar la atmósfera del poema, sin que vuestros pulmones ACOSTUMBRADOS, estallen, como un pejesapo en la máquina neumática, o como la panza jocunda del banquero, frente a una idea. Yo deseo entregar el universo, en virtud de la sociedad, yo deseo expresar el destino del hombre. Yo deseo ordenar el mundo y la significación del mundo, en estos cantos viejos de lo inédito, que son lo inédito, porque son estilo y estrategia literaria. No voy creando estética, voy creando la materia de la estética. Y, como la inteligencia es la garra humana y la pezuña de lo útil, clavada en la civilización, es imbécil buscar la cantidad maravillosa del canto, como un hecho de conciencia, como es imbécil “MODULAR” la filosofía y es imbécil vestir de obispo o de rana a una escoba, que declama, tranquilamente, versos de tonto en celo, en cualquiera recepción diplomática.

Aquí, presente, está lo enigmático y terrible de la naturaleza, lo problemático del ser, que vive, en virtud de que muere, obteniendo su identidad de la suma de los contrarios, y su unidad, su relampagueante unidad, de los términos antagónicos, que le hacen posible lo enigmático y lo problemático y la ferocidad inmortal de la vida: su síntesis bio-dinámica.

Mordiendo el pan del soldado, años de años, la sal militar de lo heroico, el sable rugiente, que emerge, entre las banderas despedazadas, chorreando sangre de héroes, la atroz disciplina cuartelaria, la servidumbre eminente y formidable del fin dramático, viven los poetas, a la orilla del abismo territorial del régimen, polvorosos y arrasados por un simoun[1] terrible, que brama espanto, desde los cuatro ojos de la tierra, sujetándose las acuchilladas entrañas. Sí, son tiempos oscuros, y una gloriosa lluvia de terror nos desgarra las espaldas, como un Dios furioso. ¿Cómo, nosotros, todos, nosotros los náufragos, que no han de naufragar jamás, nosotros, habríamos de cantar la saciedad de los hambrientos, los rostros más llagados que llorados y goteados del extraño cotidiano, que es un pañuelo rasgado, ensangrentado, flameando entre arriados y tronchados pabellones de esclavitud, en los subterráneos de la desgracia, que es una gran catedral, una gran catedral de lágrimas, a la cual lamerá un perro de pueblos, con la lengua cortada del hereje, en aquel crepúsculo final, al final del límite final, en donde concluyen todas las cosas, y empieza el caos a llenar de vacío la nada vacía, lacia y estupefacta, como un pecho de fantasma?

Ajenos a la irresponsabilidad del usufructuario y del oportunista, ignorados o menospreciados, como pingajos, por el gobernante infeliz, hinchado de gobierno mediocre, seboso e indecoroso, como la cocina clandestina de la casa de putas, mordidos por los perres jocundos, que son la policía del capitalista-fascista, vivimos la gran soledad horrorosa de los desterrados de todas las patrias del mundo, trabajando nuestro oficio de maestros de invierno. No intentéis, pues, sorprender la vieja estrella del navío y la artesanía del creador, porque el hombre, que es, formidablemente el artista, se defiende con su herramienta, defiende su herramienta, su derecho a la dignidad de ser crucificado entre cien ladrones, como algo suyo, por derecho de conquista, ganado con la espada desenvainada, en la gran batalla con el infinito, y vosotros, ¡oh! desalmados, queréis robar la majestad de la desgracia divina, a quien, coronado de pálidas lágrimas, la obtuvo como destino y ufanía.

Si ESTAMOS en la vía pública, con las entrañas en la mano, ¿cómo queréis que SALGAMOS a la vía pública con las entrañas en la mano? El escritor es la criatura de las plazas públicas. Desnudo y escarnecido, está, medio a medio del universo y la sociedad humana, mostrando a los extraños, inadaptado, el drama de sus vísceras.

La historia de la humanidad es la historia de nuestra miseria y nuestra grandeza. Sus capitanes, sus santos, sus conductores de pueblos, sus caudillos y sus patriarcas, sus magos, sus profetas, sus políticos, sus sibilas, todos los mitos sociales y los Mesías, se han expresado en los grandes poetas de todos los siglos. Y, ahora, los filibusteros de Chile, los “ANIMITAS MILAGROSAS” del oportunismo de penitenciaría, los cuatreros santos, se levantan, alimentados por nuestro ingenuo potencial heroico. Echado en su colchón de pobreza, gritando y abandonado entre sus cuatro murallas de tristeza, gritando su soledad, sí, gritando su soledad y su majestad herida, el gran poeta parece un pelele maravilloso, precisamente porque es una gran águila, que anidó en un corral de gallinero. Además, estimados filisteos, recordad que todo ser extraordinario crea su propia escala de valores.

Ni son, ni suceden en el arte las cosas, como son y suceden en la tierra. El tiempo-imagen es allí lo que las categorías temporal-espaciales son en los fenómenos de conciencia y, en donde, terribles de hipótesis, en donde, contradiciéndose, sobreponiéndose, lloraron los años-luz, la desaparición colosal de las viejas estrellas, grita un orden estético, el nombre de las apariencias. El rito bautismal del mundo se reproduce, diariamente, en el poema, derramando sangre humana, sobre la cabeza de la realidad recién nacida.

Si no escucháis la voz doméstica de vuestros parientes, ni el bostezo de vuestros pechos o vuestros sueños, fotografiados como cocodrilos venturosos, en el feliz pantano burgués, ni la patada de asno de vuestro pensamiento dominguero, si no escucháis en el fenómeno estético la comparación y el símbolo falaz del universo, escucháis vivir y morir la humanidad y los antepasados, escucháis la humanidad y su batalla de siglos, por el destino del hombre, arrinconado por debajo de la razón humana, escucháis el significado esencial de la materia y la humanidad futura. A través del individuo poderoso, miraréis la multitud, soberbiamente desgraciada, a través del héroe, los gloriosos muertos de Dios y su categoría. Yo no me ofrezco, como una res carneada en el ara santa de los sacrificios, para entretener la rabia sádica del público fatal de los lacayos; no, no me doy, sangrando, como los dioses suicidas, a vuestra locura de teófagos de lo maravilloso, porque el arte no es el sobaco de aquella gran carnicería de divinidades, que es la ciencia. ¡Oíd! ¿Oís las trompetas del advenimiento del sol, encima del concepto de su utilidad fundamental, con relación a los graneros?

Pero, la universalidad del hecho artístico, su numen trágico y ecuménico, elaborado en lo pan-humano, y, depositario de la riqueza experimental de los milenios, su resplandor mundial no le inhibe, como pequeña grandeza cotidiana, en cuanto materia de lo bello.

Nada del “ensueño” de los fabricantes de ideales, nada de la FANTASÍA FANTASIOSA, de los que anhelan “la irrealidad artística”; no, la única realidad es la realidad artística, y, la realidad artística es la expresión de la identidad del universo, porque solo el arte raja los límites del individuo, y el deslinde entre el individuo y el universo, entre el universo y el individuo. He ahí, por qué lo bueno y lo malo pierden su sentido, confrontados con la verdad estética. Solo lo fallido, estéticamente, es lo inmoral, por IRREALIZADO, por ser un núcleo que no alcanzó la periferia, un viejo feto muerto en la urna nativa: lo romántico, la ramazón tronchada de un asombroso árbol arrecido.

Desde en donde concluye lo individual y comienza lo universal, a la misma orilla del abismo sin nombre y trágico, desde los subsuelos del ser, cargados de espanto elemental, desde los fondos ardidos y oscuros, en los que gravitan las larvas de los espantosos hemisferios del subconsciente, los sueños muertos, los actos falsos, lo confuso maravilloso, la religión se arrastra colgada a las entrañas del arte, gritando su actitud herida; que no habrá de lograr nunca la expresión buscada por los siglos de los siglos.

¿Qué queréis entender?, os emplazo furiosamente. ¿Qué queréis entender?, ¿pretendéis entender un poema, como entendéis un caballo? ¿O sois lo suficientemente idiotas, como para querer describir lo indescriptible? Porque, adentro del arte, suceden los acontecimientos, no como suceden en lo objetivo transitorio, sino como suceden en donde NO suceden las apariencias, totalmente redimidas del tiempo-espacio. ¿Qué queréis entender? Empapelado de “ideas”, el hombre olvidó sus orígenes, rompió el cordón umbilical con lo infinito, y, únicamente, el arte podría restituirle la divinidad perdida, es decir, el espíritu SANTO de la tierra y de la bestia. Los oscuros sois vosotros, porque jamás nunca gritaron los relámpagos de Jehová en vuestro corazón ciego y utilitario. Es difícil el arte, es horriblemente difícil e inminentísimo; entrar a él, es como entrar a una gran montaña de pólvora fumando un cigarro, en la majestad de la noche, nunca tan tremenda y tan sombría como el corazón del hombre; no arribáis a los océanos, a entender los océanos, sino a escuchar la soledad del mundo.

Vosotros adoráis la realidad, y la realidad no existe, la realidad es la historia, la realidad es la sociedad, y la sociedad es la lucha de clases.

El hombre existe, porque nosotros sabemos que existe, existe como expresión-acción y voluntad, como trabajo; el arte es la expresión del hombre; el arte es una enorme forma de trabajo mal remunerado, es la sociedad expresándose, la sociedad expresando al hombre, al hombre y al mundo, encadenados a la angustia total, encadenados al régimen capitalista de explotación del hombre por el hombre, encadenados a la condición enigmática del universo.

El artista es el trabajador intelectual, a quien la sociedad burguesa le ha cortado las manos y el corazón de las manos, arrancándole la lengua sagrada y pateándole las entrañas calientes y ensangrentadas, para que le alegre, llorando, sus desdichas.

No, distinguidos asesinos del fascismo imperialista, no, nosotros no andamos estructurando lechos de miel para que os acostéis con vuestros queridos, en la suciedad escandalosa, en la cual engendráis angustia y dais verijas a vuestras ideas. Nosotros gritamos el horror de la agonía capitalista, nosotros gritamos la putrefacción y la acusación omnipotente de lo podrido a lo podrido: crucificados en la horrorosa y aterrada podredumbre, con nuestros deseos extranjeros, sublimes y descompuestos, nosotros gritamos la sociedad que nace, adentro de la sociedad que muere, creando un lenguaje maravilloso, con vuestro material neutro y en derrumbe. Por eso no damos ni pedimos cuartel, en esta gran matanza, en la cual no seremos asesinados.

He ahí que mi pluma es el puñal y el fusil de los héroes acumulados en la U.R.S.S. heroica.

No escribo licores de falsete, ni sonetos de caballo parroquial, que remonta dulces pajaritos tristes o gansos cebados de prostíbulo, para entretener las siestas y las cenas de los carceleros y sus yeguas; escribo los infiernos y el libertinaje de las culturas falsificadas, sacando los cantos del barro de los cantos; escribo el estilo de la descomposición angustiosa, con el objeto de expresar el sentido de la vida en imágenes, el sentido de la vida, a través de la sociedad, el sentido de la vida, como destino, como batalla, como designio, porvenir y categoría.

Un arte proletario, para proletarios, un arte proletario, para las altas y anchas masas combatientes, a todo lo redondo del planeta, un arte proletario y subversivo, para el proletariado, en este instante guerrero, porque todo el mundo será proletario superado.

Sin embargo, aquí no existe un propósito dramático espectacular, ni un fin utilitario, que derrumbe en cataclismos de oratoria, el estertor boreal de los orígenes; estas son masas que cantan, masas que rugen horrores, masas que braman, llorando o amenazando; la universidad popular del sufrimiento, esculpe el Chile del azote y la faena desesperada, en estos poemas chilenos y universales, criollos y universales, en los que todas las gargantas del mundo escupen sangre horrible.

Indiscutiblemente, forjamos un arte agónico y caótico de origen, el cual deviene cosmos-beligerante.

Toda la congoja del siglo viene del gran capital, porque el gran capital es tristeza y miseria acumuladas, y el tono del mundo lo da la explotación capitalista. Costumbre y sueño, reflejan la economía, y es de condición económica la ecuación de la relación hombre a hombre. Gentes del sur del orbe, nuestras terribles mantas abrigan corazones de navegantes, golpeados por el huracán de lo antagónico, y nuestra bandera negra, está consagrada a la divinidad oceánica, está bañada de dioses fúnebres, está azotada por los vientos corsarios de la plusvalía y el régimen. La tiranía de la burguesía espantosa, nos colocó fuera de la ley urbana, y somos salvajes, encadenados a un abismo. Nadie nos escucha, sino nuestros enemigos y los esclavos de nuestros enemigos, todos como lobos, el impostor nos acusa y nos difama, y la bestia cebada en la pitanza burocrática, nos da colazos en el honor, comiendo su santo afrecho en la República. El bandido de Dios no lee; come y roba la comida a sus semejantes. Por eso, nosotros, trabajadores intelectuales, soldados del gran ejército de los humillados y los ofendidos sociales, montamos guardia, cuadrados, frente a frente a la humanidad futura. Martirio y rol sangriento, crucificados en la verdad popular, por el pueblo, y por todos los pueblos del mundo.

Terrosos y ensangrentados, somos pueblo, pueblo terroso y ensangrentado en persecución de su imagen.

Por muchos milenios, naufragaría mi lenguaje, adentro de los pueblos de mis antepasados, desgarrándose y depurándose, hasta hacerse masa frutal en mi espíritu. Por eso, la tradición popular me pertenece. De catástrofe en catástrofe, rodando siglos abajo, como caballo sin heredad, mi estilo se alimentaba de edades y acontecimientos, para la gran empresa de producir el verbo de la unidad, entre la vida y la muerte. Porque, la antítesis existencial origina mi poesía, que es la voz tronchada de las multitudes y las muchedumbres de mi época, contradiciéndome. Lo blanco total y lo negro total pelean en nosotros; yo me desplazo entre una tesis y una síntesis, entrechocándome, con mi propio corazón, y su expresión aguda de antítesis, entrechocándome con la propia lámpara, con todo aquello que creamos, como luz en la gran tiniebla, con el esqueleto del pensamiento; en las tinajas de fermentación de mi instinto, están hirviendo juntas todas las formas y las sombras del universo, Soy un pueblo que habla, un pueblo que anda, un pueblo que ama, bramando, entre todos los pueblos, EL PUEBLO INTERNACIONAL y ETERNO.

Por tanto, trabajo la personal epopeya, con la epopeya nacional y universal de los trabajadores, como el único modo de conocerme y superarme, como individuo.

Mi acción es equivalente en posibilidades sociales, a la acción del obrero manual, mi hermano; como yo solo soy un obrero de la inmensa y tremenda construcción de la humanidad, hacia la sociedad sin clases, la comunidad es la finalidad de mi creación y la clase obrera, mi clase; soy la clase obrera, ni la adulo, ni la conduzco, la expreso, soy su expresión aterradora, soy la Hoz y el Martillo de la literatura.

El pueblo es la gran oreja, que se escucha a sí misma, el oído del infinito infinito, montado, medio a medio de las más inmensas torres del orbe “INTERNACIONAL”, el pabellón que flamea y resuena en la majestad humana.

Poetas del pueblo, pueblo, nos buscamos, arañándonos con gritazos organizados, como máquinas o como fábricas, en el estertor de la burguesía imperialista, buscando lo PAN-HUMANO universal, en el país tronador y pétreo, que come porotos de presidio, roncando a la orilla del gran océano. Sí, la eternidad nos azota y nos desgarra el lomo de varones fuertes, como tigres americanos. Pero, nosotros hemos jurado con juramento tremendo, vivir adentro de las llamas, escarbando el fuego con los huesos y el sueño, escarbando los antiguos mitos, con el puñal del estilo, entre las ruinas sagradas de los orígenes y los regímenes, escarbando la huella de Dios en las sepulturas y en las asambleas, malditos, heridos, divinos.

Entre los mundos y los tiempos.

 



[1] Hace referencia a un viento caliente propio del norte de África y Medio Oriente. [Nota del editor]

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