El poeta póstumo [sobre Juan Luis Martínez] (2024)

 



Llevo dos décadas huyendo de Juan Luis Martínez. Desde que me topé con su obra, toda la poesía de ahí en adelante me ha parecido un ejercicio de defunción. Escribir en vida para que todo sea funerario. Escribir como un fantasma que regresa del más allá a lo largo de una acotada perpetuidad. Escribir lo que es la muerte con el más exquisito cadáver de la literatura. Todo poeta es póstumo. Pablo de Rokha, el primero; Juan Luis Martínez, el último. Todo lo que he hecho está entre estos dos silencios. El silencio del punto final que es la muerte para lo que no muere. Escribí cientos y cientos y cientos de páginas de poesía para huir de su obra. En mis libros autobiográficos me sacié del yo hasta que diera risa. Quise no tomar ninguna de sus decisiones. Ser el otro del otro que es Juan Luis Martínez. Sin embargo, en cada uno de ellos está presente. Lo cito, lo nombro, hago referencia a su obra. Mientras más huyo de él, más cerca me siento. Más afín. Escribí también para que todo sea funerario, para que todo tuviera un mañana sin mañana, sin siquiera uno mismo, porque solo se puede leer una obra sin el que la traicionó hasta el último momento. Toda obra completa es una incompleta perpetuidad.

 

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El poeta anónimo (2013, 1985). Construir un libro para que se publique veinte años después de morir. Un libro que sea un eterno presente entre lo mutable y lo inmutable. El I Ching es el libro de las transformaciones. Un software de ocho entradas por ocho salidas (como el índice de El poeta anónimo). Todo libro debiera ser un libro de las transformaciones. Un sistema operativo. Múltiples operaciones para que todo lo que entre no salga igual. La transformación constante es la constante resurrección. La muerte en la literatura es dicho presente. Trabajar contra la muerte en un libro que hace posible todas sus lecturas. Suspender y suspenderse. Ausentarse un ratito. El lector ideal de Juan Luis Martínez que ya existe hoy pues se pueden googlear sus referencias y leer de un modo no lineal, sino hipervinculado. Una lectura fantasma, posible fuera del libro, que se construye con lagunas, ausencias, información desconocida: materia oscura. Tuve que llegar a La tumba de Baudelaire (1958) de Pierre Jean Jouve para saber que es también la tumba de Baudelaire hecha por el autor que aparece en el libro. Solo la literatura da descanso eterno y eterno presente (producción). Lo mismo El honor de los poetas. El libro como sepulcro. El lugar donde se inscribe un nombre que ya no es de nadie. Como el del suizo-catalán homónimo autor de El silencio y su trizadura, cuya ficha bibliográfica aparece aquí. La ficha como ese epitafio de una obra sin autor (La poesía chilena). La biblioteca como cementerio, como necrópolis, como ciudad repleta de ausencias que no cesan. ¿Qué es lo queda de un hombre al morir? Su nombre y sus ideas. Un libro se construye con ideas. Las ideas no mueren. El cuerpo se hace corpus; el discurso, dispositivo y los territorios, territorialidad. Eso nos dice Juan Luis Martínez sobre sus materiales de trabajo. La tensión infinita entre lo que son, lo que dicen y lo que hacen. Las ideas hay que llevarlas hasta la fatiga de esos materiales. El soneto reventarlo como fórmula de cuartetos y tercetos. Ya sea con prosa, con espacios medidos en una proporción 4:3, con figuritas de un pingüino editorial. Reventar la gramática hasta su vértigo de muerte frente a la imagen, al retrato, la máscara mortuoria. La gramática es metafísica si no hay un yo. Escatología de la enunciación. También una guerra (poemas chinos). Una gramática de guerra como lo es todo poder (bancos y corporaciones). Todo arte es económico. Los que dicen que es político son cómplices del capital. Lo encubren. Silencian la máquina total que es el mercado de la muerte. Ejecutados, torturados, cuerpos y corpus mutilados aparecen en este sepulcro colectivo que es El poeta anónimo. Anónimos muertos y una cosmogonía de dobles como Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont. Héroes todos de una guerra del futuro. Poetas que escriben sobre poetas muertos. Fotografían sus sepulcros y sus sombras allí. Una educación intelectual. Como si la muerte de un doble fuera también la muerte de uno. Entrelazamiento lo llama la teoría cuántica. A más distancia, más intensidad. El eterno presente de su autor es tachar el nombre del que morirá. Juan/swan/el signo troquelado no. No muere. Ser siempre el primero de los últimos hombres como el significado y el significante. Tener veinte años por siempre y resucitar en ese intervalo es una inmortalidad discontinua. Una obra de tiempo, de duración, de no obsolescencia. Una última paráfrasis del libro y una cita: Juan Luis Martínez o el Marcel Duchamp de la poesía/ “Martínez aseguró la victoria”.

 

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Aproximación del principio de incertidumbre a un proyecto poético (2010, [1980-1992, aprox.]). En El poeta anónimo hay dos páginas confrontadas. En una, aparecen dos troqueles mal hechos junto a una regla que los mide y luego un detalle microscópico del acero endurecido; en la de enfrente, seis imágenes sin aparente relación bajo la pregunta en inglés “Things you often see-what are they?”. Se trata de la observación como medición, que no es otra cosa que el principio de incertidumbre del que habla la teoría cuántica y Martínez. Observar es alterar, modificar, recortar, troquelar un estado de la realidad. La observación es una medición involuntaria y medir es crear las condiciones para que veamos lo que creemos está ahí. Se mide una distancia que no existía antes de la observación. Creamos posibles conexiones, explicaciones, vértigos. No se observa lo real, sino el troquelado que hacemos con nuestro propio troquel descompuesto. A eso se refiere la pregunta de Juan Luis Martínez. Entre existir y no existir existe un espacio, un tiempo, es decir, un mundo. Unas coordenadas donde nada es real y todo es real. Es ahí donde ocurre la lectura como observación, como creación. En un primer plano son ocho elementos: un violín, una araña, un esqueleto, una silueta, un astronauta, arcos de violín, una rueda de los cuatro elementos y un hipercubo. Hay otro neutral que resume a los anteriores. Como si se tratara de una serie, las imágenes se van superponiendo, creando una velocidad, un movimiento que el observador crea. Lo único escrito son ocho sentencias en torno a la palabra central de NEUTRALIDAD. La rodean cuatro ejes también con mayúscula: IDEA DEL DOBLE que se une a FILOSOFÍA DEL LIBRO, y ANONIMIA que va con PLURALIDAD. En las posiciones diagonales están escritas las cuatro restantes: La muerte de los poetas, La copia como original, Ausencia de autor, El libro en el libro. Qué es la muerte sino este estado entre la existencia y lo que no, entre una imagen de la realidad y la realidad de una imagen. Si el observador modifica dicha realidad con su observación por ser una medición, es posible que la muerte sea la imposibilidad de medir y que justamente la herramienta para esa medición sea el lenguaje. El lenguaje como la extensión de la vida. Más allá, lo inconmensurable. Las conexiones serán infinitas mientras nadie abra el libro. Su autor es la suma de todas esas operaciones posibles. Juan Luis Martínez no trabaja con páginas sino con papel. No con escritura sino con tinta. No con una idea de autor sino con un nombre. Se materializa la materia para deshacerla y esa es su filosofía de lo que es un libro. Reventarlos es duplicarlos hasta que parezcan un original que es una copia probable, una versión fúnebre.

 

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Poemas del otro (2003). Sabemos que la sección “Poemas del otro” corresponde a la traducción/ reescritura/ ready made del poeta suizo-catalán que iba en el capítulo V de El poeta anónimo. “Poemas dispersos” es lo que su nombre indica. No obstante, es con la última parte, “Diálogos”, donde deseo comentar algunas ideas y concluir. Quise leer solo las obras póstumas de Juan Luis Martínez. Donde la muerte colectiva que somos todos podemos entrar y salir en una lectura que es también una forma de autoría. Su idea es que un autor sea muchos autores y que un libro sea muchos libros. Interminables referencias de las referencias con las referencias. Dicho procedimiento, como decía antes, nos obliga a leer extratextualmente, es decir, a establecer conexiones con otras obras, crear nuevas asociaciones a partir de la yuxtaposición de materiales, utilizar nuevas informaciones como relleno de espacios vacíos, investigar las relaciones con otros documentos, que es, por lo demás, el modo en que debiéramos leer todo. Leer como detectives, pero como detectives salvajes. Jamás interpretar, jamás saltarse el abismo entre las palabras y las cosas, jamás creer que la pipa es la pipa. El sueño de Juan Luis Martínez es ser un archivo, inacabable e inabarcable. Archivo como su proyecto editorial que es su propia fantasmagoría. Él mismo ser el libro que piense y proceda como él, pero sin él. Un algoritmo que piense al que piensa, que vea al que ve. Convertirse en el sistema significante que realice infinitamente las operaciones que él estaba llevando a cabo en su obra: una muerte operativa. Una autoría póstuma, posthuma/na. La idea de Martínez como un programa, un software, una aplicación de sus aplicaciones. En “Notas para una entrevista”, que hace llegar a Matías Rivas, insiste en la idea de que un autor es siempre el último de una enorme lista de otros con los que ha dialogado, leído, pensado. No es quien escribe, sino quien es escrito por el lenguaje. Ser el último poeta, señala, “arrastra a la literatura hacia la muerte de ésta”. Por ende, la muerte está siempre presente en lo que es lo literario. La muerte como ese posible lenguaje sin lenguaje. En efecto, creo que la literatura es lo que habla el lenguaje cuando está de duelo, cuando su autor ha muerto, el día después al punto final. La total conciencia sobre los procesos y materiales de una obra es la virtualidad de una tecnología crítica. Se cierran los códigos a los que observan y buscan algo que no esté en constante movimiento. Acaso el lenguaje como archivo universal no sea ese infinito no visto, ese estado no observado, es decir, no medido/mediado con palabras. En la conversación con Guadalupe Santa Cruz deja claro a la vez su interés en las estructuras de una obra (el libro también tiene arquitectura”), pero al mismo tiempo siente que la catástrofe del mundo actual es también del lenguaje. La ruina sería en este caso el punto medio entre la creación y la destrucción. No han desaparecido las casas de la portada de La nueva novela, pero son ya casi escombro. De allí que la muerte no sea nunca vacío, sino que el otro límite de una presencia mediada, diagonal, extendida, no humana, no verbal. Un autor solo es posible cuando desaparece quien ha usado su nombre. Esa es la paradoja de Juan Luis Martínez. Nunca se trató de una identidad velada ni mucho menos anónima sino una autoría colectiva, que se difumina en sus operaciones y movimientos más que en lo monumental y funerario de un nombre. Nadie lo remarcó más que él. Subrayándolo con milímetros de error, convirtiéndolo en un serrucho como la herramienta principal de una caja-libro, rastreándolo en las bibliotecas públicas y huyendo del homónimo que es su padre muerto e incluso convirtiendo la M de El poeta anónimo en una nueva incógnita. Un nombre reventado bajo el peso de lo que no es propio. Qué es un nombre sino lo único que quedará en “El castillo de la pureza”. Interesarse más por morir como poeta que vivir como uno de ellos. Ni siquiera como poeta experimental. No se estaba experimentando. Había clara y total conciencia de todo lo que se estaba haciendo: ser más corpus que cuerpo. Se trata casi de una obsesión. Muerto se está más cerca del imposible del lenguaje y más lejos de ese ruido que es el autor. Muerto ya no interfiere en el dispositivo total de la escritura, pero sí de las territorialidades de su lectura. Ese es su eterno retorno, pero también el eterno retorno de las vanguardias, el eterno retorno de la imagen ante la palabra, el eterno retorno de los objetos destinados a morir. Todo lo que ha quedado y queda de Juan Luis Martínez son materiales para un ensayo de muerte. “Estoy doblemente tranquilo” es su saludo de despedida. La parte de la escritura de la obra se ha cerrado (aunque queda material inédito), ahora es el momento de su lectura. Insisto, como detectives, pero como detectives salvajes. Nadie puede ser estudioso de Martínez y seguir haciendo como si no existiera. Lo martiniano es extramartiniano. No hacerlo es tradición, perdón, traición.

 

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Llevo dos décadas huyendo de Juan Luis Martínez. Lo más probable es que haya estado huyendo de lo mismo que él, pero en dirección contraria.

Ya no.





Héctor Hernández Montecinos (Santiago de Chile, 1979)

 

Doctor en Literatura. Sus libros de ensayo y poesía, como Buenas noches luciérnagas (2017) y OIIII (2020), han sido publicados por RIL editores en Chile y España. Ha sido becario del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Fundación Andes, FONCA (México), AECID (España) y Conicyt (actual Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo). Es editor, entre otros, de Un mar de piedras (FCE, 2018) y Mi Dios no ve (Vaso Roto, 2022) de Raúl Zurita. Su investigación “La incógnita de la X: transversalidades entre literatura, filosofía y arte en la obra poético-visual de Juan Luis Martínez” (Fondart, 2004) se mantiene inédita. Es profesor de literatura en la Universidad Diego Portales.


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