Archivo y crítica (al amanecer)
La crítica literaria sirve para lecturas de baja intensidad y corpus muy acotados, es decir, media docena de libros de un autor/a en promedio y poemas seleccionados para una conclusión obvia y previa de lo que se propone teatralmente como una hipótesis a investigar. Esto en el caso de trabajos “extensos” porque sino se trata de comentar un libro donde lo más importante es, en efecto, el comentario y no el libro. No obstante, en este presente contamos con herramientas que trabajan con enormes cantidades de información, big datas ya de casi todo, y es donde la crítica como gesto decimonónico de ponderar obras desde un medio o la academia se ve enfrentada a su propia extinción y es ante lo que estamos. La interpretación como tal siempre fue la piedra de tope de las obras complejas, radicales, oscuras que es la razón de por qué hayan quedado fuera de su foco. Hoy que los buscadores digitales y la propia red sirve como un gran repositorio relacional es que este tipo de hermenéutica pierde aun más el único valor que tenía que era la singularidad de una mirada. Cuántos artículos que no hacen más que citar otros artículos que a su vez citan otros sin corroborar fuentes o algo más básico: detener la réplica y proponer algo nuevo, completamente nuevo y radical que es lo que hace, ciertamente, la literatura que analizan. En esta doble coyuntura de la fatiga de materiales de la crítica literaria, tanto por su propia comodidad comercial e institucional como por las nuevas tecnologías generativas es que entran en juego otros motores, otras energías, dentro de las humanidades como lo es el archivo. Allí la crítica es inocua, inoperante y redundantemente siempre exterior porque justamente el archivo es pura exterioridad. Aquí no interesa lo que alguien diga, valore o juzgue sobre un documento porque lo que importa es lo que ese documento diga, valore o juzgue. Los archivos tienen otras necesidades que no pasan por el observador/a sino que hay que entender que son ellos quienes nos observan con la capacidad de modificar genuinamente lo que pensamos como sus lectores/espectadores. Esto nos pone en otra situación, una en que dejemos de hablar sobre lo hablado y escuchemos la propia escucha de tales documentos. De fondo, lo que quiero pensar es el paso a una teoría, ya sea una teoría del archivo como una teoría del papel, una teoría de la errata o una teoría de la impresión. Una teoría que no es otra cosa que el pensamiento pensándose a sí mismo a través de nuevos objetos, nuevas metodologías, nuevos usos. De allí que la crítica no funcione, por ejemplo, ante un enorme corpus como el de José Carlos Mariátegui o Gamaliel Churata que es lo que comentábamos con Beto Castillo en la presentación de Amauta que se hizo en Santiago hace unas semanas. O lo mismo que estoy viviendo con las, efectivamente, miles de páginas de Pablo de Rokha que voy encontrando como en los archivos de prensa de la Biblioteca Nacional. En este sentido, los estudios sobre las vanguardias del 20 en el XX es donde todo esto queda muy claro porque primeramente se hizo el trabajo de rescatar esos archivos y documentos y luego hubo que pensar teorías para hablar con ellos y escucharlos que es en lo que estamos ahora y lo que espero encontrarme en JALLA y Heredar el estallido en unas semanas más en Perú. Archivos con los cuales se dialoga en una mutua interpelación y no con una interpretación unidireccional que es lo que hace la crítica, ya sea en una reseña o con recopilaciones de ellas desde Alone hasta el presente donde justamente lo que no hay es una poética que es la literatura pensándose a sí misma sin nosotros. Es urgente salir de esa complacencia que es la excusa para no inventar, tentar, lanzarse, verdaderamente ensayar: creatividad y razón. Un claro ejemplo de todo esto es Gabriela Mistral. Si fuera solo por sus cuatro libros publicados en vida las malas lecturas de la crítica seguirían repitiéndose hasta más allá del infinito. Tuvo que aparecer ese archivo de tres toneladas en más de cien cajas el 2007 para que pudiéramos escucharlos a ellos, lo que nos contaban sobre el pensamiento literario de la poeta, sus afectos, sus decisiones: nuevamente creatividad y razón. Este archivo en particular hizo que críticos/as literarios se convirtieran en editores críticos y eso abrió la academia a nuevos horizontes. Este es el presente de los archivos y ahora más que nunca con la IA que puede “hacer” crítica literaria desde la ponderación, pero ante el archivo solo es auxiliar y complementaria porque cada archivo, documento, objeto que se lee a sí mismo (metapoética), es parte de una vida (biopoética) y la vida aquí son las escenas de lectura y escritura que dan forma a una autoría (autopoética) desde esos documentos. De fondo, insisto, tiene que ver no con sumar metodologías sino con cambiar la relación con los objetos de estudio porque somos nosotros esos objetos leídos/observados por los archivos. La pregunta, por ende, es qué usos les damos, cómo funcionamos con ellos, dónde los instalamos para que actúen como diagramas y/o dispositivos que sigan hablando, susurrando y aullando, y no se conviertan en acervos, fetiches, fósiles. Es lo que reflexionaba cuando estaba haciendo Un mar de piedras con un archivo de más de trescientas entrevistas a Raúl Zurita y con las cuales armé un libro que, eliminando las preguntas, quería fuera el punto medio entre un documento y una obra. Una poética no planeada por el autor ni comentada por el editor sino por sí misma y es lo que ha hecho incómodo ese libro entre los mismos especialistas de Zurita que suelen ignorarlo en sus bibliografías. A lo que voy es mi sensación de que la crítica literaria se hizo redundante, se engolosinó, se parapetó, por ejemplo, con cierto lugar cómodo y puramente discursivo de lo interseccional volviendo a ese “maldito yo” que la escritura y lo originalmente queer habían desplazado, al comodín de los cuerpos que tanto le reditúa a la sociedad neoliberal, a la política binaria de derechas e izquierdas, pero sobre todo a cierta academia que ya hace rato no tenía mucho más que agregar sobre obras, complejas y anómalas, que no encajan en los compartimentos que le dan forma. Por otro lado, discrepo en muchas cosas con la ecopoesía[1] o el poshumanisno, pero, sin duda, son puertas interesantes que se abren y son necesarias para salirse del ombligo de la especie y que luego se saldrán a la vez de la crítica literaria para transformarse en otra cosa tal como le está pasando a los estudios de vanguardia a cien años de sus primeras fuentes. Sea como sea, la idea es crear nuevos objetos, nuevos métodos y nuevos usos, es decir, nuevos saberes para lo que siempre estuvo aquí, pero con una mente que esté más allá, un poco más allá. Amanece.
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