300.000 KM/S [sobre Ande (1926) de Alejandro Peralta]
Las vanguardias en sí
no son muy amigas de los aniversarios porque, en cierto modo, una de sus
derivas es la suspensión del tiempo. Al menos del que se parece a una línea que
vuelve sobre sí misma y que avanza para que nada avance. En ese sentido, es lo
que ha sido en gran parte el movimiento especular de la modernidad: que todo
cambie para que no cambie nada y es donde nos encontramos el día de hoy.
Guerras, enfermedades y precarización, por un lado, pero por otro, avances
exponenciales en tecnología, ciencia, comunicación y conocimiento. Ese fue el
contexto también de las vanguardias hace cien años y probablemente sea el tono
de lo que nos quede de siglo. Un mundo se precariza violentamente de manera
general y otro, particular, se especializa y da esperanzas a quienes pueden
pagarlas.
La gran pregunta de fondo es si, en
efecto, el siglo XXI es una extensión específica del XX, o incluso del XIX, o
si estas escrituras adelantaron tensiones que permanecieron contenidas por
mucho tiempo. Digo, poéticas que actuaron no como un espejo de la realidad sino
como un prisma en el propio lenguaje que es el que se complejiza, se crispa,
adquiere nuevas velocidades de entrada como de salida, pero sobre todo se ve
obligado a llevar a un estado de excepción su propia condición de discurso que
es finalmente lo que ha hecho la gran poesía latinoamericana de vanguardia.
En este escenario, Perú ha sido un
enorme nódulo donde se radicalizan estas fuerzas de choque, estas emergencias,
estos cruces, tanto en lo literario como lo social, lo económico y lo político,
su propia historia y la lucha por una identidad y contra ella. La gran poesía
peruana en su continuidad, intensidad y sus múltiples voces da cuenta de este
estado no natural de su naturaleza lingüística. Lo que se puede comprobar en
obras publicadas este año como Acéntricos. Poesía en el Perú en la década de
1920 (Personaje Secundario) de Reynaldo Jiménez o Vanguardia Puneña
1925-1945 (Instituto Puneño de Cultura), edición a cargo de José Luis
Velásquez Garambel y que cuenta con un prólogo de quien escribe estas líneas.
Pues, ciertamente, este 2026 se
celebra lo que ha sido llamado el “aniversario de la vanguardia peruana” que en
1926 dio a luz obras fundamentales como Ande de Alejandro Peralta, Falo
de Emilio Armaza, Ccoca de Mario Chabes, La torre de las paradojas
de César Atahualpa Rodríguez, o el debut de revistas claves en el continente
como Amauta bajo la dirección de José Carlos Mariátegui, el Boletín
Titikaka por el grupo Orkopata y sobre todo Gamaliel Churata, Poliedro
con Armando Bazán o Trampolín-Hangar-Rascacielos-Timonel
de Magda Portal y Serafín del Mar quienes, por cierto, publicaron también ese
año El derecho de matar. Otros libros de 1926 son El cinema de Satán
de Julián Petrovick, El libro de la nave dorada de Alcides Spelucín, Epopeya
del trópico de Enrique Bustamante y Ballivián, e incluso se puede sumar
como efeméride el nacimiento de los poetas Blanca Varela o Alejandro Romualdo
quien cuenta con libros experimentales como El movimiento y el sueño
(1971) o En la extensión de la palabra (1974).
En
general, las tesis más comentadas sobre estas escrituras son las que tienen que
ver con el cruce entre el mundo moderno con el andino, la figuración de la
máquina, la crisis del sujeto en su contradicción contemporánea, entre varias
otras, pero la que me interesa comentar aquí es una que quizá esté en el fondo
o sea el motor de varias de aquellas y es la que tiene que ver con la energía
como epicentro, como relato que permite leer lo literario y lo que no lo es,
los bordes donde se permean tecnología de producción y producción de
tecnologías discursivas.
En
sí, las transformaciones del campo peruano, del orden andino ancestral, tienen
que ver con ese cambio de energías que significó la tracción a motor y la
electricidad en un marco muy corto de tiempo tal como repercutieron en la
imprenta y su maquinización como ha evidenciado Luis Alberto Castillo en La
máquina de hacer poesía. Imprenta, producción y reproducción de poesía en el
Perú del siglo XX (La Balanza, 2025, 2° edición). Incluso, la idea de
tiempo y velocidad se ven aceleradas por esta hegemonía de la energía que
también es el tema de los estudios avanzados de ciencias como la física y la
teoría de la relatividad o las primeras paradojas de lo que será la mecánica
cuántica.
De
más está mencionar los medios de transporte con el ferrocarril y el aeroplano
como metáforas o la radio y el telégrafo en lo que son los medios de
comunicación. No solo es la máquina sino lo que la mueve, la radicaliza, lo que
lleva a entender la energía casi como una forma de animismo eléctrico, un
espíritu a la velocidad de la luz. Es más, se extiende la vida nocturna,
bohemia, de poetas en bares por la ciudad imaginando libros, manifiestos,
revistas, libros de cientos de páginas o kilómetros.
Este
es el contexto de Ande de Alejandro Peralta que lo que hace es
justamente invertir, contrastar, resituar, la fuente natural de energía que es
el sol y convertir el libro en una suerte de documental que va desde un
amanecer, lo largo de un día, una noche y nuevamente un amanecer. Se trataría
de una sola jornada figurada en las actividades de producción propias del
entorno puneño con el lago Titikaka como eje, pero también con las de
reproducción sugeridas por la seducción y el deseo. De este modo, encontramos
un ecosistema solar en que minerales, animales, reino vegetal, seres humanos,
fenómenos celestes son parte de un mismo movimiento, un constante proceso, un
ciclo de potencias progresivas y recesivas que le dan su sobrevitalidad al
propio libro haciendo de cada uno de los poemas una instantánea de esa
ancestral eternidad que poco a poco irá perdiendo su carácter sagrado ante la
luz de la modernización.
Las
palabras de Pascal, la primera de varias otras citas, que abre la obra apunta
en esta dirección: “Dios ha representado en las visibles las cosas invisibles”
tal como el resto hace referencia al régimen de visibilidad e inteligibilidad.
Ver es conocer, pero ver más allá es conocer más acá y la luz en este contexto
adquiere el protagonismo que atraviesa Ande. Tan así que la palabra
“Sol” aparece en más de la mitad de los 22 poemas que componen la edición y en
las xilografías que le acompañan.
Una
posible lectura desde esta perspectiva reconocería este amanecer hacia un
mediodía en la secuencia de los primeros poemas del libro: “la pastora florida”
(“sube el sol a rezar el novenario”), “cristales del ande” (E L S O L/ se ha desmenuzado como un desbande de
canarios”), “amanecer” (“la mañana está de bañera”), “orto” (“El sol se enrosca
como una serpiente”), “balsas matinales” (“mientras el sol desde su aeronave/
arroja bombas de magnesio”), “andinismo” (“El sol está detrás de mis talones”),
“gotas de cromo” (“está empedrado de horizonte/ de terrones de sol
madrugador”), “chozas de medio día” (“El sol picapedrero rompe las moles
fantasmas”) hasta “agua fuerte” (“el sol se ha roto un ala”).
En
los poemas que siguen es cuando ya comienza a atardecer como se percibe en
“nocturno del suburbio” (“Voy a ocultar en las sombras mi escapulario de
llagas”, “epifanías” (“Se han ido 25 auroras”), “azul pleno” (Quiero estrenar
la otra aurícula/ i el lente azul del nuevo telescopio”), “caminos” (“LA
LEJANÍA SE HA HECHO DE PIEDRA/ i mis pasos se van a las estrellas”), “saeta” (“De
un sol deshecho en ascuas”), “el indio antonio” (“la noche ronda el caserío”)
hasta que, en efecto, ya llega la noche como lo señala “nocturno de los sapos”
(“Las 12 de la noche”), “nocturno del vacío” (“las cuencas de la luna”),
“vidrios insomnes” (“Sangra un reflejo paralítico/ de luna”), “canto en brumas”
(“han quemado los horizontes de los días”) y “lunario musical” (“Se han volcado
las fuentes de la luna”).
El
último poema del libro es “el kolli” donde nuevamente amanece: “Con sus dedos
esqueléticos deshilvana las bambalinas del alba” y “EL SOL/ a saltos/ a
aleteos// arroja sobre la pampa/ alegres paletadas de jilgueros”, pero a una
nueva velocidad atardece: “El crepúsculo se acuesta sobre los rebozos rosados”
y vuelve a anochecer “al descolgarse el sol detrás de la montaña/ las estrellas
invaden la barriada”. Esa es la última imagen, como un fotograma acelerado ante
un tentativo fin, la llegada de nuevos soles artificiales, nuevos flash de
cámaras que exotizarán este límite entre el mundo y el universo que es la
región de Puno con su corazón lacustre.
En
el libro, la luz del sol, el astro dios, es el que aun domina estas tierras,
pero al final es ya una deidad cansada, agónica, que vislumbra su propia sombra
que es el miedo ancestral a regresar a la oscuridad de la glaciación. La poesía
da cuenta de la ruina desde las propias ruinas del lenguaje y es siempre un
canto de guerra antes de la lucha final. La noche se alargará y el día dejará
de ser entendido como una dádiva, sino que pasará a hacerse invisible,
transparente, utilitario, entre los automóviles, los camiones, las edificaciones,
las luces de fantasía comercial e industrial.
Sea
como sea, la luz natural y la artificial viajan a la misma distancia dentro de
este universo constituido por la materia y energía oscura. Esa es la paradoja
donde lenguaje y cosmos se hallan y que tiene a la poesía como su propia
metáfora. Ande de Alejandro Peralta consigna este encuentro de dos soles
y su canto ilumina las zonas oscuras que la historia no pudo consignar. Un
libro único que refulge a cien años de su primera edición como la “ATALAYA DE
LA ALTIPAMPA” y que seguirá otros siglos más intentando dar luces sobre los
efectos y afectos que los humanos produjimos sobre el planeta.
Este
libro, como varios más de la vanguardia, está obligado a renacer cada vez que
la oscuridad nos aceche. Tal como hoy.
En
Ande, Alejandro Peralta. Tensiones y esplendores desde el sur (1926-2026)
(Puno: Tres diablos, 2026)
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